«¿No es, sin duda, bello y consolador imaginarse que un día no muy lejano todos los pueblos cristianos no serán sino un mismo pueblo, unido por caminos de hierro o vapores… con el mismo vestido, las mismas ideas, las mismas leyes y constituciones, los mismos libros, los mismos objetos de arte?»

«Cómo te van a dar pelota si uno lleva esta cara chilena asombrada frente a este Olimpo de homosexuales potentes y bien comidos que te miran con asco, como diciéndote: Te hacemos el favor de traerte, indiecita, a la catedral del orgullo gay.»

La primera cita es de los Viajes de Sarmiento; la segunda, de “Crónicas de Nueva York” de Pedro Lemebel. Lo que para Sarmiento fue un sueño utópico – la uniformidad cultural que pareció ofrecer el liberalismo y capitalismo del siglo diecinueve – fue para Lemebel una realidad deprimente y aniquiladora. Sarmiento vio en la modernidad de Francia y (especialmente) Estados Unidos un ejemplo por seguir: una fuerza que podría igualar las sociedades latinoamericanas y liberarlas de la tiranía de los caudillos y otros legados tóxicos de la época colonial. Junto con todo su país, Lemebel comprobó que el neoliberalismo del siglo veinte no necesariamente iba codo a codo con la libertad: se instaló en Chile como política de la dictadura de Pinochet. Vio la influencia abrumadora de Estados Unidos, ahora en plena fase imperial, como una nueva colonización, una que prometía arrasar con los colores y la diversidad de la cultura autóctona. Los dos autores – Sarmiento buscando un público para su Facundo, Lemebel ya conocido como cronista y co-fundador de las Yeguas de la Apocalipsis – partieron de Chile, Sarmiento en 1845, Lemebel ciento cincuenta años después. Sus viajes fueron auspiciados por instituciones, el de Sarmiento por el gobierno chileno, los de Lemebel por los norteamericanos: no viajaron como personas privadas sino como representantes de Chile. Sin embargo, mientras las experiencias de Sarmiento en Estados Unidos fueron el disparador de un proyecto de vida que consistía en acercar su Argentina natal a las condiciones y forma de vida estadounidenses, para Lemebel sus visitas a Nueva York, Washington y San Francisco le presentaron la oportunidad de resistirse a las narrativas promulgadas por los norteamericanos (especialmente las de su cultura gay) e insistir en la existencia y la belleza particular de las minorías chilenas, condenadas a vivir en las periferias de su país y del mundo que los yanquis habían construido en su propia imagen.

Sarmiento soñó con la llegada de la modernidad francesa y estadounidense a las tierras del Cono Sur; el trabajo de modernizar Chile y Argentina consistiría en seguir el ejemplo de los países avanzados del norte y adoptar lo antes posible sus técnicas y tecnologías, sus costumbres y conceptos políticos. De esa manera eliminarían las peculiaridades locales del sur, que a Sarmiento le parecían las costumbres bárbaras de unos pueblos atrasados. En 1845 tuvo la oportunidad de emprender un viaje que le permitiría conocer esos lejanos modelos de primera mano. Zarpó desde Chile a petición del ministro Manuel Montt, que le encargó a Sarmiento que viajara por Europa y Estados Unidos para averiguar cuáles de sus innovaciones podrían ser adoptadas en el entorno chileno. La superioridad de los países del hemisferio norte estaba implícita en su misión y Sarmiento la haría explícita muchas veces en las cartas que escribió durante su viaje: el argentino fue el aprendiz y la futura prosperidad de las naciones del sur dependió de su empeño en imitar a esos países que supieron hacer las cosas bien.

Cuando Pedro Lemebel viajó a Nueva York se había hecho realidad la visión con la cual Sarmiento había soñado, de una uniformidad mundial de productos, costumbres e ideas. Sin embargo, aunque Sarmiento concibió el liberalismo del siglo diecinueve como ligado con la democracia de manera inevitable – como la antítesis del poder tiránico ejercido por los caudillos argentinos de su época – su variante del siglo veinte fue introducido a Chile por un dictador que tumbó el gobierno electo gracias a la intervención de esa democracia por excelencia y dechado de la modernidad, los Estados Unidos. Lemebel vio ese país y su influencia como un proyecto colonial que buscó, como el español, imponerse a expensas de los pueblos originarios de su país. Su trabajo como artista performance y cronista consistió en hacer visibles las comunidades marginadas por la empresa neoliberal. Esa empresa exigió a todo el mundo que aceptara sus narrativas como universales. Lemebel no se identificó ni con ellas ni con los lugares consagrados como sitios de peregrinaje en la cultura gay anglosajona. Su indiferencia a Stonewall y al barrio Castro en San Francisco fue la otra cara de su reivindicación de otras perspectivas que no dispusieron de los medios de comunicación masivos que habían suplantado el telégrafo y el ferrocarril.

Sarmiento llegó a Francia en 1846 ya sintiéndola suya: como tantos habitantes de las periferias que conocen por primera vez en carne propia las metrópolis míticas de Europa, el argentino se había identificado con su cultura hace muchos años y tenía muchas ganas de reivindicar su vínculo con ella. El famoso gesto con que el autor abre su Facundo – escribir «con carbón estas palabras: On ne tue point les idées» mientras huyó de Argentina por la quebrada de Zonda – es una expresión del mismo impulso. En ese momento bisagra de su vida, Sarmiento buscó el abrigo del pensamiento francés; eligió sus palabras para expresarse. En su primera crónica desde Francia, al mismo tiempo una carta a su amigo Carlos Tejedor, Sarmiento se refiere al país como «la Francia de nuestros sueños». Esa crónica hace un contraste bastante llamativo con las que le preceden en sus Viajes, que enfocan en la actualidad de Montevideo y Río de Janeiro, y reflexionan sobre sus culturas y los momentos que atravesaban: Sarmiento dedica la mitad del texto al viaje por el Sena desde Ruan a París y se concentra no en su presente sino su pasado, en las ruinas de las abadías y los castillos que ve desde la cubierta del barco. Es una manera de dramatizar su llegada al llamado Viejo Mundo, pero a la vez llama la atención que en este primer momento Sarmiento ve Francia como un lugar con historia, no como una adelantado del futuro. A su ojo, a diferencia de Latinoamérica Francia tiene pasado: cada ruina que pasa rumbo a París es un palimpsesto y Sarmiento narra sus historias como si fueran propias, ansioso de demostrar su familiaridad con ellas, en el proceso de contarlas haciéndolas suyas.

París no le es decepcionante exactamente – reconoce su ebullición científica, artística e intelectual – pero tampoco le brinda el modelo que busca: como dice Ricardo Rojas en su biografía del sanjuanino, «Sarmiento salió de Francia desafrancesado». Adopta con celeridad las costumbres del flâneur francés – escribe «Je flâne, yo ando como un espíritu, como un elemento, como un cuerpo sin alma en esta soledad de París» – pero la ciudad que conoce en 1846 todavía no es la moderna por antonomasia que Darío y Quiroga visitarán a finales del siglo diecinueve: antes de las transformaciones impulsadas por Haussmann, «las calles eran estrechas, tortuosas, mal alumbradas, y el plano todo conservaba su fisonomía medieval». Aunque halaga la bondad de los franceses con los extranjeros, Sarmiento descubre rápido que su fascinación por la cultura francesa no le es correspondido por su élite política y literaria: le es concedido entrevistas en diversos ministerios del gobierno y con un político opositor pero encuentra sólo incomprensión, indiferencia y cinismo. Un funcionario insiste en imponer patrones franceses en los conflictos del Río de la Plata, buscando equivalentes en la política francesa; el Ministro del Departamento se duerme mientras Sarmiento intenta explicarle la situación; otro político le saca unos datos para meter en un discurso que está por dar en la Cámara. (El argentino se choca con esta indiferencia en su búsqueda de lectores para Facundo también: «¿Quién lee lo que ha escrito uno a quien juzgamos inferior a nosotros mismos?») El gobierno francés le parece un «jarrón dorado que contiene agua sucia». El problema es estructural: el sufragio está tan limitado que cada diputado representa a sólo cuatrocientos noventa electores, facilitando la compra de sus votos con «empleos, donaciones y colaciones». Sarmiento escribe: «490 personas no es ganado tan arisco que no pueda amansársele por los dones, por los favores»; dedica unas páginas de su crónica a la reproducción de un listado bastante exhaustivo de esos favores que salió en el diario ministerial. El argentino ve nítidamente la corrupción y mal funcionamiento del sistema que dentro de muy poco tiempo conducirán a la revolución de 1848. Muchas cosas en Francia le excitan su admiración, pero no encuentra el armazón de la modernidad que busca.

Lo encuentra al año siguiente en Estados Unidos: «Estoy convencido de que los norteamericanos son el único pueblo culto que existe en la tierra, el último resultado obtenido de la civilización moderna». En lugar de una lista de sobornos, los datos que cita, con un asombro palpable, son los del desarrollo de su industria e infraestructura, el crecimiento de su población. Este desarrollo no es gracias a la intervención del gobierno estadounidense: de hecho, en un discurso que anticipa el neoliberal del siglo veinte, Sarmiento caracteriza la participación activa de los gobiernos europeos en las vidas de sus ciudadanos como algo que les traba. Escribe: «El europeo es un menor que está bajo la tutela protectora del estado… todo se ha puesto en ejercicio para conservarle la vida; todo menos su razón, su discernimiento, su arrojo, su libertad». En Estados Unidos la iniciativa individual y el espíritu empresarial se hacen cargo de todo y Sarmiento, pasmado, describe sus logros. Además de la infraestructura que abre nuevos territorios a los colonos norteamericanos y les conecta entre sí, les permite un modo de vida y una comodidad material sin precedentes. Sarmiento dedica unas páginas de su crónica a la descripción minuciosa de las casas y la vestimenta de los estadounidenses: los muros de ladrillo con «la tersura de figuras matemáticas», las cocinas con «un servicio completo de cacerolas y de utensilios culinarios», las balaustradas «de madera, pintada de blanco en toda su extensión y de la forma más artística», sus «botas charoladas, pantalón y frac de paño negro, chaleco de raso ídem, corbata de gro…». La demanda de estos productos impulsa el crecimiento de nuevas industrias pero más allá de eso «la igualdad perfecta de aspecto en la población» es para Sarmiento la prueba de una igualdad más profunda, de oportunidades y derechos. Las comparaciones que hace con los países del Cono Sur son poco halagadoras: si bien Argentina posee las «condiciones territoriales» necesarias para ser «una nación eminentemente poderosa», desde el «espacio sin límites» a «los ríos navegables que habrían de atravesar el país en todas direcciones», Sarmiento ve su tierra natal como «condenado… a la inmovilidad y al atraso». Las costumbres de Argentina y Chile son las señales flamantes de su atraso, de unas sociedades poco igualitarias y de su incapacidad de aprovechar como hacen los norteamericanos las innovaciones de la época industrial. La uniformidad capitalista es el camino hacia la igualdad; lo tercamente autóctono es el enemigo del progreso. En un viaje por tren Sarmiento contempla «el último resto de las tribus salvajes» en los «bosques primitivos» estadounidenses: ve su eventual destierro y extinción como inevitable y la perspectiva no le ocasiona demasiados escrúpulos. La derrota de la barbarie por las fuerzas civilizadoras de la modernidad está asegurada.

Pedro Lemebel llegó a Nueva York en 1994 como invitado del Festival de Stonewall. Su trabajo como escritor a menudo se cruzaba con la intervención política y el arte performance – el recital de su “Manifiesto” en un acto del Partido Comunista chileno quizás sea el ejemplo más famoso – y aprovechó la Marcha de Orgullo norteamericano de ese año para hacer una denuncia contundente. Vistió una corona – a la vez un tocado indígena, una corona de espinas y el atuendo de una vedette de Hollywood – hecha de jeringas y un corsé pintado con los huesos y vísceras de un cuerpo desnudado de su piel, y lleva un cartel con las palabras «CHILE RETURN AIDS». (Su imprecisión con el inglés – el cartel decía “devuelva” en lugar de “devuelve” – hace que el significado del lema se pierda un poco.) La idea de que el VIH llegó a Chile desde los Estados Unidos – una nueva herramienta de conquista de las tantas de que disponía el imperio norteamericano – fue la tesis de su libro de dos años después, Loco afán, que recopiló entre muchas otras sus “Crónicas de Nueva York”. El libro empieza con estas palabras: «La plaga nos llegó como una nueva forma de colonización por el contagio. Reemplazó nuestras plumas por jeringas…». Para Lemebel el VIH es el sucesor de la viruela que llegó a América con los conquistadores españoles, otra enfermedad utilizada por una gran potencia para arrasar con los pueblos originarios de otros territorios. (Este echar la culpa al lugar de origen de una enfermedad me incomoda después de la pandemia de 2019, cuando el mismo impulso sirvió de excusa para un discurso xenofóbico dirigido a cualquier persona ajena, a los chinos en particular.) Lemebel dedica la primera parte de Loco afán a conmemorar a las locas chilenas, amigas suyas, que ya han muerto del SIDA.

Lemebel ve a la loca – los homosexuales, a menudo pobres, a menudo indígenas, que emplean apodos y pronombres femeninos y se identifican con las mujeres glamorosas de la farándula – como una especie en peligro de extinción, debido no solamente al VIH sino también a «una nueva conquista de la imagen rubia». El concepto de lo “gay” llegó desde Estados Unidos y toma como su ideal un particular tipo de hombre – rubio, anglosajón, musculoso y varonil – muy distinto de la loca chilena. Los gringos homosexuales hicieron lo gay en su propia imagen: el arco iris gay «que más bien es uno solo, el blanco. Porque tal vez lo gay es blanco». No es de sorprender, entonces, que Lemebel recorrió Nueva York con una mirada bastante ambivalente sobre la cultura celebrada por el Festival de Stonewall.

Desde la primera frase de su crónica neoyorquina – «Que si a uno lo invitan a Nueva York con todos los gastos pagados» – Lemebel es explícito sobre su dependencia económica de «estas gringas tan beatas y comerciantes con su historia política». Después de la consagración internacional que siguió la publicación de Loco afán por la editorial española Anagrama en 1999, Lemebel volvió al país en varias oportunidades como invitado de universidades norteamericanas. Preguntado en una entrevista sobre una de estas visitas, respondió: «A ver: ganas, ninguna; necesidades, muchas. Necesidades económicas. Al final, no fui puta de cuerpo, peeero…». Su negativa a impresionarse en «la catedral del orgullo gay» era un poco para demostrar que su ojo y su voz no se pueden comprar. Le molestaban el fervor misionero de los estadounidenses gay – en la crónica abundan las referencias a la religión – que admitía sólo la conformidad pasiva de un creyente como respuesta; la conversión de esta historia de resistencia en una mercancía, «el epicentro del tour comercial para los homosexuales con dólares que visitan la ciudad»; y la omnipresencia de las representaciones yanquis, que convirtió la historia y cultura norteamericana en la historia gay. Toca los mismos temas en su crónica sobre San Francisco, “Una fría primavera rosa”, que salió veinte años después en el libro Háblame de amores. El famoso barrio de Castro, con el cual Lemebel ya estaba familiarizado gracias a la serie Las calles de San Francisco, le parece un ejemplo más de la tendencia de los homosexuales blancos a desalojar cualquier verdadera diversidad de sus ambientes por el medio de la gentrificación: «antes vivían chicanos, negros y perraje latino. Pero después que llegaron los gays con sus perros de marca y decoraron las viviendas con plantitas, lucecitas y faroles dorados, el mismo barrio Castro subió de avalúo y los pobres tuvieron que marcharse». Sarmiento veía la uniformidad de la cultura estadounidense como una prueba de su igualdad, en parte porque el argentino sólo reconocía a varones de ascendencia europea como seres plenamente humanos. Lemebel, en cambio, toma el lado de todos ellos que quedan excluidos por la modernidad yanqui. Dentro de sus colonias en Nueva York y San Francisco los gays rubios repiten lo que hacían sus padres y abuelos heterosexuales en todo el país: imponer una uniformidad cuyos privilegios se extienden solamente a ellos. Lemebel prefiere «nuestro mohoso Valparaíso», a menudo comparado con San Francisco, precisamente porque se resiste a esa uniformidad: «Nuestro Valpo es mucho más bello en su atorrante promiscuidad arquitectónica».

Su recelo e ironía se aflojan en su crónica “El Proyecto Nombres”, también recopilada en Loco afán, que se trata del enorme AIDS Quilt, hecho por los íntimos de personas fallecidas por el SIDA para conmemorarlas, que fue desplegado afuera de la Casa Blanca en Washington. Por primera vez Lemebel encuentra una verdadera diversidad en la cultura gay estadounidense: «Marcaciones de letras que se funden en etnias y culturas diversas. Cruces transculturales que se encuentran en el roce de lija que une estos ajuares». Es una expresión que además se aleja de la lógica capitalista que encuentra una manera de vender incluso las experiencias de dolor y opresión. Esta cultura no se vende y no habla con una sola voz, sino con muchas: las de todas las personas que agregaron un retal al conjunto, y de los seres queridos que lloran. Lo que Lemebel rechaza es la historia oficial, la hegemónica, la impuesta; frente a esta diversidad genuina, este «cementerio naif que rescata en su cromatismo estridente los momentos felices», su tono cambia. Parece que el Quilt realmente le conmueve; el texto se vuelve la evocación poética de las vidas desvanecidas a partir de los retales. Empiezan unas páginas extraordinarias donde Lemebel emplea las prendas de los difuntos – los rastros físicos que ellos han dejado atrás – como una clave que le permite imaginar con empatía penetrante las vidas, los amores y las muertes de esos cuerpos agonizados. Es una empatía que puede parecer cruel porque viola la intimidad de ellos, nombra sus síntomas, el «goteo de pústulas y sueros», el «vómito de sangre», enumera todas las maneras que tienen sus cuerpos de traicionarlos. Es la misma empatía con que escribe de sus amigas chilenas en las crónicas “La noche de los visones” y “El último beso de Loba Lámar”, una empatía que conoce la ternura pero es jamás sentimental. Su propósito, al igual al Proyecto Nombres, es visibilizar las vidas y muertes de personas de quienes no se habla; emprenden el mismo proyecto de maneras distintas, y describiendo el Quilt Lemebel llega a una definición de su propio trabajo como cronista:

«Un intento barroco de adornar la fatalidad con el festejo colorido, pinta triste las flores plásticas, las fotos quemadas del sol, los juguetes y cintas de cumpleaños que palidecen en los nichos de la periferia… Algo en todo esto encandila los ojos como si vieran un carnaval pagano. Como si este «mal gusto», en definitiva, fuera la defensa de cierta intimidad latigada, de cierto territorio vulnerado que se protege con una montonera de recuerdos y fetiches y florcitas y corazones, como homenajes pobres para cubrir el dolor».

Sarmiento presenció el nacimiento de la modernidad en el territorio norteamericano, tejida por la expansión sin precedentes de las redes telegráficas y de los canales y vías férreas, y por la repartición de los bienes uniformes del capitalismo industrial. Le dio la bienvenida como un proceso que llevaría de manera inevitable a una sociedad más cohesiva e igualitaria. Lemebel vivió el desenlace de ese proceso y comprobó que no fue tan así. Como escribe en su crónica “I Love You McDonald’s”, esa «colonización del causeo con ketchup» se mete en los cuerpos de los chilenos que consumen la comida chatarra y en las mentes de los empleados que la preparan: se vuelven «peones sumisos de una multinacional que arrasa con las costumbres folclóricas de este suelo». Para Sarmiento la modernidad estadounidense se extiende sobre una tierra vacía y su éxito se explica como la voluntad de Dios: «Dios ha querido al fin que se hallen reunidos en un solo hecho, en una sola nación, la tierra virgen que permite a la sociedad dilatarse hasta el infinito…» Lemebel lo ve de manera distinta: esa modernidad avanza sobre pueblos cuyas identidades, costumbres y culturas presentan obstáculos a su proyecto de uniformidad. No se trata de construir algo en un territorio vacío, sino de reemplazar una realidad por otra. En “La noche de los visones” escribe del «mapa ultracontrolado del modernismo»: «los destinos minoritarios siguen escaldados por las políticas de un mercado siempre al acecho de cualquier escape». Indagar en las «fisuras» de ese mapa es una manera de resistirse a su ubicuidad, de reivindicar las realidades distintas que el neoliberalismo busca tapar. El AIDS Quilt, literalmente tejido de los restos de miles de vidas marginadas, pone al descubierto esas grietas. El patchwork da por sentada la existencia de grietas; no pretende confeccionar una sola tela, una superficie lisa, sino reúne pedazos sueltos en un nuevo conjunto. Mientras Sarmiento intenta en una crónica de casi doscientos páginas dar cuenta de los Estados Unidos como una totalidad, Lemebel – cuyas crónicas raramente se extiende más de unas páginas – junta retratos de personas, momentos y subculturas en un patchwork literario que da una imagen multifacética del mundo neoliberal. Los creadores del Quilt tomaron los materiales del consumerismo – «un gran supermarket, un vestuario post mórtem de telas y ropas» – y los sujetaron a otra lógica: la casera, la artesanal. El mundo por venir que vislumbró Sarmiento, regido por el capitalismo norteamericano, prosperó; la señal más prometedora que Lemebel vio en Estados Unidos fue un paso para atrás, un tejido hecho a mano rescatando lo humano de las fuerzas anónimas y aniquiladoras de la modernidad.