Rosario. Llegamos al puerto a las tres de la mañana con un retraso de siete horas porque el agua del río había descendido… anduve paseando por la ciudad hasta las siete. Comercio, balances, presupuestos, saldos, inversiones, crédito, inventarios, cuentas, neto, bruto, sólo eso, eso es lo único, toda la ciudad vive bajo el signo de la contabilidad. Lo pedestre de América, la América gorda.

Así opina el autor polaco Witold Gombrowicz sobre Rosario en su Diario argentino; una caminata de unas horas por la ciudad dormida le bastaba para decidir en su contra. Estuvo de vuelta desde Corrientes, rumbo a su habitual Buenos Aires, y su barco hizo una parada breve en la otra gran urbe porteña de Argentina. Sus impresiones solo podrían ser pasajeras, más bien un vistazo que una vista, pero eso no le impedía formar una opinión definitiva. Así es el ojo del viajero; percibe unos detalles sobresalientes y los convierte en un veloz retrato. A veces sus impresiones tienen una frescura inalcanzable a ojos más habituados a la vista, pero a la vez es muy probable que se equivoquen, que elijan banalidades, que en lugar de un retrato esbocen una caricatura.

Relaciono su Diario con otro libro de un europeo sobre Argentina: En Patagonia de Bruce Chatwin. Es un clásico de la travel writing in inglés – en 2019 el director Werner Herzog estrenó un documental sobre los periplos de Chatwin – pero es muy poco conocido en el país que pretende plasmar. Aunque Chatwin no gozaba de las oportunidades de introspección que el formato del diario le brindaba al Gombrowicz, Chatwin asimismo dependía de sus desplazamientos por el país para disparar sus reflexiones y empleaba su itinerario para darle forma a su narración. Chatwin pasó unos meses en el país, Gombrowicz veinticuatro años, pero aunque el polaco terminó sintiéndose más como en su casa en Buenos Aires que en la París europea, ninguno de los dos dejaba de ver con ese ojo ajeno.

Tampoco abandonaban su bagaje cultural europeo. Ambos autores sacaban sentido del contraste entre Argentina y Europa, y hasta cierto punto sus proyectos intelectuales determinaban sus percepciones. En el caso de Gombrowicz ese proyecto era su obsesión con la juventud; Argentina le parecía un país joven, una idea imbuida con su deseo sexual, apenas ocultado, por los muchachos de las villas y los jóvenes intelectuales con quien le gustaba pasar el tiempo. Esta energía le inspiró los años más fecundos de toda su producción literaria. Para Chatwin (cuyas descripciones de los hombres de Patagonia también exhalan deseo) la idea organizadora era la lejanía de Europa: lo que le llamaba la atención en Argentina eran los pobres intentos de los colonizadores europeos de recrear sus culturas nativas en el clima severo del sur. El país no le parecía nuevo sino el retoño fallido de la cultura madre. En ambos casos sus preconcepciones agudizaban su visión y a la vez se interponían entre los escritores y la realidad que intentaban describir.

Empecé mi viaje como Chatwin, moviéndome rápido por una gran variedad de paisajes, y lo terminé como Gombrowicz, viviendo inesperadamente en un lugar que sólo tenía pensado visitar. Llegué a Rosario en marzo de 2020, con la intención de quedarme una semana antes de seguir viaje a Córdoba; la primera cuarentena obligatoria comenzó dos días después. Ahora he vivido en la ciudad por casi dos años y el veredicto de Gombrowicz me hace ruido, por ser tan seguro de sí mismo y a la vez tan injusto y simplista. Su experiencia de Rosario no era tan distinta de la de los turistas que se bajan de los cruceros para pasar unas horas en Punta del Este; era incluso más limitada porque veía la ciudad de madrugada, cerrada, sus habitantes dormidos. Sin embargo, su juicio es rotundo y despectivo; su listado de sustantivos relacionados con el comercio es como uno de cargos criminales. Al mismo tiempo, me hace reflexionar sobre mi propia perspectiva ajena y las veces que yo también he juzgado un lugar a la ligera.

Me vi obligado a quedarme en Argentina por la pandemia de 2020; Witold Gombrowicz se encontró viviendo en el país debido a otra intervención dramática de la historia. El polaco llegó a Argentina en 1939 de visita, unas semanas antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, y se quedó hasta 1963, cuando una beca le permitió volver a Europa. Aunque sufría unos años duros de pobreza en la década del 40, Gombrowicz contaba con el apoyo de la comunidad polaca en Buenos Aires y, gracias a sus modales aristocráticos y su fama como autor de la novela Ferdydurke, el de varios benefactores acomodados, que le invitaban quedarse en sus estancias y casonas de playa. En su Diario anotaba sus delirios en el paisaje argentino, quizás una expresión de su desplazamiento existencial. Quedaba casi ciego por el resplandor del sol sureño en la estancia de un amigo. Su viaje por el Paraná le parecía interminable, el río y sus orillas una sola extensión llana sin puntos de referencia, y el escritor, perdido en el tiempo, mantenía la cordura por el medio de repetir obsesivamente el verbo navegar.

Aunque llegué a Argentina ochenta años después de Gombrowicz, he tenido experiencias muy parecidas a las suyas en los paisajes rioplatenses. Su soledad en Mar de Plata, la costa abandonada por los argentinos y asaltada por el viento, me recuerda la mía en Punta del Este en la primavera de 2018: alquilé un departamento en Playa Brava y me encontraba casi la única persona entre las casonas vacías. Sus intentos de salvar los escarabajos que se caían patas arriba en las dunas – para él se volvía un dilema filosófico cuando no podía salvar a todos – me recuerdan mi intento equivocado y impotente de ayudar un joven lobo marino varado en la playa de Cabo Polonio. Soy de otro inmenso país del sur y estoy acostumbrado al sol fuerte de este hemisferio; el ambiente no me perturba como le perturbaba al polaco. Sin embargo, hay algo en esos momentos a solas con la naturaleza que te enfrenta con tu propia extranjeridad, con tu lejanía de casa. Estás muy consciente de los detalles de tu entorno, vivís una comunión muy profunda con ellos, pero a la vez sentís que estás viendo todo desde lejos, a través de la distancia que te impone tu no-pertenecer. La intensidad de las percepciones de Gombrowicz a veces se acerca a la histeria; se parece a un topo europeo, deslumbrado al encontrarse por primera vez con la luz del día. Quizás por eso sus opiniones son tan contundentes: para darle un sentido de dominio. Su viaje por el Paraná no fue algo que le pasó: estuvo navegando, agarró el timón del verbo con sus manos.

Hay un fuerte contraste entre esos momentos que le dejaban desnudo, sin defensas, y su baja opinión de la élite cultural argentina. Gombrowicz salió a cenar con Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, pero su compañía no le agradaba. Este patrón se repite a lo largo del Diario; al llegar a una nueva región del país, Gombrowicz buscaba a los escritores destacados de la zona, solo para quejarse después de su timidez y falta de originalidad. Casi compulsivamente, el polaco encontraba una manera de ofenderlos con alguna declaración controvertida. Sus esfuerzos por forjar una identidad argentina le parecían una pobre copia del nacionalismo europeo, sus ideas de segunda mano. Gombrowicz era de Europa y no le interesaba ver su cultura reproducida en otra tierra. Incluso a la hora de definirse como argentinos, ellos le parecían perdidos, siempre comparándose con los modelos ajenos, paralizados por autoconciencia:

El arte es ante todo un problema de amor; si queremos conocer la verdadera posición del artista debemos preguntar: ¿de qué está enamorado? Para mí era evidente que ellos no estaban enamorados de nada o de nadie y si lo estaban el ambiente era el de Londres, París, Nueva York, o, en fin, de un folklore bastante esquemático e inocuo… la corrección del arte argentino, su aire de alumno aplicado, su buena educación eran testimonio de impotencia frente a su propia realidad. Prefería gaffes, equivocaciones, hasta suciedad, pero creadoras.

A Gombrowicz le caían mejor los taxi boys de Retiro y Plaza Once y los jóvenes intelectuales de Tandil y Santiago del Estero, ciudades que visitaba para aliviar sus problemas respiratorios. En su Diario público – entregas del cual aparecieron en la revista francesa Preuves que les publicó a intelectuales europeos exiliados por la Guerra Fría – protesta, demasiado, que su interés en ellos no sea sexual. En Kronos, su diario íntimo, el polaco es más franco. Su llegada a Argentina le impulsa un despertar sexual que describe como un «embelesamiento»: «me entrego completamente a una pasión creciente». Pero para Gombrowicz el encanto de los muchachos no era solamente físico. Ellos hablaban más francamente, sin la finura de sus mayores; aún seguían sus instintos con naturalidad. El proceso de maduración le parecía más un deterioro que un desarrollo; al madurar las personas perdían el don de afrontar la realidad sin miedo. El despertar sexual venía acompañado por un florecimiento creativo: sus años en Argentina eran los más productivos de toda su vida. Gombrowicz escribió, además del Diario, novelas, cuentos y obras de teatro. Sus jóvenes amigos eran sus colaboradores también y le ayudaban a traducir sus obras de su polaco original al castellano. Cuando al fin regresó a Europa en 1963 no se sentía a gusto y habría vuelto a Argentina si su salud lo hubiera permitido.

Por supuesto, no era el primer europeo que veía este continente como nuevo o joven; no era el primero que buscaba rejuvenecerse en su vastedad. Su obsesión con la juventud era en parte un luto por la suya; hay un momento revelador en el Diario cuando Gombrowicz se ve a sí mismo en el espejo y reconoce su envejecimiento, el deterioro de su buen aspecto. Los territorios americanos solo son jóvenes si uno se limita a sus historias europeas. La visibilidad de los pueblos originarios en Santiago del Estero era perturbadora para Gombrowicz porque no encajaba con esta concepción eurocéntrica. El polaco percibía muy nítidamente las limitaciones de un país ansioso de autodefinirse, pero a la vez su perspectiva imponía patrones europeos, se caía en otras trampas intelectuales.

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Antes de llegar Gombrowicz apenas había pensado en Argentina: sus años en el país eran la irrupción en su vida de una tierra no sólo desconocida sino hasta aquel momento irrelevante también. Se quedaba por pura casualidad; por eso su aire de un alma deambulando sin rumbo ni propósito. El caso de Bruce Chatwin era distinto: desde niño el escritor inglés había soñado con el sur y llegó a Argentina con una misión ya firme. Un pariente suyo, un marinero, había pasado su vejez en la Patagonia chilena y desde allá mandó a Inglaterra los restos de un animal prehistórico. Los abuelos de Chatwin guardaban un pedazo de su piel en una vitrina; para el niño se volvía un talismán que le transportaba hacia el fin del mundo. Años después Chatwin llegó a Argentina listo para emprender este viaje en realidad.

Estaba saliendo del centro para la periferia; el significado de Patagonia residía en su lejanía del mundo civilizado. Mientras viajaba al sur – por micro, haciendo dedo, a veces a pie – la distancia desde Inglaterra se extendía en él como una cinta métrica. No sufrió los vaivenes del polaco, varado en el país por un periodo indefinido: Chatwin nunca tenía pensado quedarse. (Está de acuerdo con la inglesa quien le dice a cerca de Patagonia, «Es hermoso… pero no querría regresar».) Viajaba hacia un destino claro.

La prosa de En Patagonia comparte la certeza de su autor: vuela como una flecha sobre el territorio, segura de su meta. En eso Chatwin era el heredero de todos los ingleses que llegaron a Argentina en el siglo diecinueve para construir la infraestructura del joven país, una exitosa conquista económica después de las fracasadas invasiones militares de 1806 y 1807. La presencia de estos empresarios le daba a la cultura argentina su influencia inglesa, más pronunciada que en otros países latinos – el gusto de las elites por los clubes sociales, por el rugby y el polo, por las meriendas por las tardes – pero a diferencia de la zona litoral, donde esta influencia era absorbida, entre otras, por la nueva cultura cosmopolita, las comunidades y los estancieros aislados del sur no se fundían con el país que habían elegido colonizar. Sus hogares eran pequeños museos dedicados a la Europa que ellos seguían pensando como su verdadera patria. Eso encajaba perfectamente con las ideas de Chatwin, su concepto de Patagonia como lejos de todo, y el escritor esbozaba una serie de retratos de europeos patéticos, varados en el paisaje sombrío del fin del mundo.

La certeza de Chatwin – su confianza en su mirada y su capacidad de comprender todo en un solo vistazo – es también una herencia inglesa. Es la mirada de un pueblo acostumbrado, una vez llegado a un territorio desconocido por ellos, a analizar rápido el terreno para después sacarle el mayor provecho. Hay algo poco simpático en esta confianza, y una violencia en la manera que Chatwin elige unos detalles de cada persona para retratarla – sus muebles, su manera de vestirse, el estado de sus dientes – con la insinuación que esos detalles sean todo, que esas personas sean tan limitadas que no haya más para conocer. Su prosa es tan aguda y elegante como los alfileres que fijan las mariposas en una colección, matando sus sujetos para hacerlos encajar en su manera de ver:

El inquilino de la Estancia Paso Roballos era un canario de Tenerife. Se sentaba en una cocina de color rosa, donde un reloj negro marcaba las horas y su esposa comía cuchara tras cuchara de mermelada de ruibarbo indiferentemente. La casa era todo pasaje y salas desocupadas. En la sala copos de dorado caían de un diván al piso. La plomería optimista de hace cincuenta años se había derrumbado y tenía olor a amoníaco.

Es una certeza que pretende saber todo a partir de una sola vista. Chatwin les roba a sus sujetos una humanidad más amplia para simplificarlos, presentarlos como los habitantes limitados de un mundo deprimente. Es una mirada que se enfoca en un lugar para negarle importancia, definirlo con unas frases contundentes. Les halaga al autor y sus lectores como hombres del mundo, los propietarios de la cosmovisión definitiva. Chatwin va domesticando el sur salvaje de sus sueños infantiles.

El británico lo hace de otra manera por el medio de colocar Patagonia en el contexto de referentes culturales conocidos por su público anglosajón. Dedica varios capítulos a los bandidos estadounidenses Butch Cassidy y el Sundance Kid, de moda en los años setenta gracias a la película protagonizada por Robert Redford y Paul Newman. Los bandidos vivieron por unos años en Patagonia, lejos de las autoridades norteamericanas, y Chatwin persigue las leyendas sobre su vida como estancieros, sus robos y sus posibles muertes en la zona. Identifica la travesía del barco inglés Desire en el siglo dieciséis como la inspiración por «The Rime of the Ancient Mariner», el famoso poema de Samuel Coleridge; la travesía de Magallanes como la inspiración por La tempestad de Shakespeare. A veces Chatwin se esfuerza demasiado en enarbolar estas teorías personales; algunos párrafos se pierden en un laberinto de etimología y lecturas esotéricas.

Cuando Chatwin llega a Ushuaia algo cambia en su prosa. Chatwin narra la experiencia del hombre yagan secuestrado por el capitán Robert FitzRoy y llevado en su barco el Beagle a Inglaterra para su «formación»; los ingleses le nombraron Jemmy Button. Chatwin adopta la perspectiva de Button, intentando plasmar la manera que su pueblo fueguino moldeaba su forma de ser. Charles Darwin lo conoció en la segunda travesía del Beagle; cuando el barco llegó a Tierra del Fuego Button abandonó a los ingleses para volver a su pueblo. Analizando la narración de ese momento en El viaje del Beagle de Darwin, las lealtades de Chatwin cambian: no es la realidad americana que le parece pobre sino la respuesta de los ingleses frente a ella. Sus ojos ajenos no eran capaces de ver la belleza y complejidad del mundo yagan; no entendían lo que veían. Comentando el libro de Darwin, Chatwin escribe:

… se caía en ese error común de los naturalistas: maravillarse ante la perfección intrincada de otras criaturas y retirarse con repugnancia de la miseria humana… Desdeñaba sus canoas; desdeñaba su lengua («apenas merece ser llamada articulada») y confesaba que apenas podría hacerle creer que fueran «prójimos y habitantes del mismo mundo».

Su famosa teoría de evolución tenía un componente racista: Darwin se creía a sí mismo el fruto de ese proceso, mejor adaptado al siglo diecinueve que los pueblos originarios. Hace unos meses Darwin había escuchado relatos de la masacre de los pueblos originarios de Bahía Blanca; al llegar a Nueva Zelanda y Australia al fin del año siguiente vería el mismo proceso llevado a cabo por los colonos ingleses. Le pareció inevitable, el triunfo de los seres mejor adaptados a su medio. Sin embargo, al juicio de Chatwin eran los yaganes los que realmente entendían su ambiente; al leer el diccionario de su idioma, recopilado por el evangelista inglés Thomas Bridges en el siglo diecinueve, Chatwin encuentra, casi por primera vez en América del Sur, algo que puede admirar sin reservas. La lengua indígena construye la realidad de manera distinta de la europea, a partir de un conocimiento íntimo del paisaje. En el capítulo sobre este idioma Chatwin se vuelve un escritor más generoso, y su escritura toma prestada alguna de la belleza de las palabras y los conceptos yaganes:

¿Cómo pensar un pueblo que definía «monotonía» como «una ausencia de amigos»? ¿O, para «depresión», empleaba la palabra que describía la etapa vulnerable en el ciclo estacional de un cangrejo, cuando ha mudado su antiguo caparazón y espera hasta que el nuevo crezca?

Es Darwin, con su falta de curiosidad y su comodidad con genocidio, que parece primitivo al lado de esta realidad convertida en poesía. La belleza de la cultura es ensombrecida por su extinción; Chatwin les visita a unos de los últimos descendientes de Jemmy Button, y detalla las masacres y epidemias que diezmaban su comunidad. Su modo de ver el mundo sobrevive entre las tapas del diccionario. Esta parte del libro echa una luz distinta sobre la aspereza de Chatwin con los europeos que reemplazaron a los yaganes. Chatwin llega al destino con que había soñado en Inglaterra: visita la casa de su pariente Charley Milward en Punta Arenas y encuentra un pedazo de piel del milodón para reemplazar el pedazo, perdido hace años, en la vitrina de sus abuelos. Pero lo que más me queda de mi lectura de su libro es esa sección breve, de solo unos capítulos, sobre una cultura que no veía Patagonia como lejos ni miraba hacia otro lado para definirse. Habitaba el paisaje con los sentidos despiertos; usaba los elementos de su naturaleza para construir su realidad. Quizás le pareciera al autor también la parte más valiosa de su trabajo: su otro libro famoso, The Songlines, es sobre la cultura oral de los pueblos originarios de Australia.

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A veces al conocer un lugar más íntimamente te das cuenta de que tus primeras impresiones fueron más ciertas que supiste, la vista general enriquecida por los detalles. Mi primera estadía en Rosario fue solo por un fin de semana, pero bastaba para percibir una semejanza fuerte con Buenos Aires. Ahora he estado en la ciudad por dos años, y entiendo mejor la manera que Rosario sigue el patrón de la capital: los frigoríficos se encuentran en el sur, como los mataderos de Riachuelo; los barrios populares en la misma zona; el centro en un codo del Paraná aguas arriba; en el norte las casonas de barrio Alberdi, como las de San Isidro, con sus plátanos de sombra y acceso fácil al río. Hasta los años noventa la semblanza era incluso más pronunciada: los parques del centro que dan acceso al río eran la zona industrial del puerto y para acercarse al agua uno tenía que ir a la costanera del norte. Sus habitantes suelen describir Rosario como una ciudad joven; un retoño de la capital que brotaba a 300 kilómetros de distancia. A veces la actitud de los rosarinos frente a Buenos Aires es un deseo de emularla: como a los a que les gustaría llamarse porteños porque su ciudad es también un puerto, o los que firmaban la petición exigiendo un local de Starbucks como símbolo de modernidad. Otros rosarinos miran la capital federal de reojo; caracterizan a los porteños como «particulares»; se declaran contentos de estar fuera del caos, gozando de una vida más simple. Yo la prefiero a Buenos Aires por su tamaño, su amabilidad, y sobre todo su conexión con el paisaje. Es una ciudad marrón, de tierra; los edificios parecen ser construidos del barro del río, como los nidos de los horneros. Quizás si Gombrowicz hubiera esperado hasta el amanecer habría llegado a una opinión distinta.