Queda muy poco entre el pasto; aquí y allá se encuentra un techo de chapa que da abrigo a las ruinas de lo que fue una construcción modesta de tapia. Sin embargo, en su momento este fue el sitio de la vieja Santa Fe. Juan de Garay la fundó en 1573; por un tiempo fue el asentamiento principal de los españoles entre Asunción y el Atlántico. Ahora es un prado.

Hay algo reconfortante en esta reconquista llevada a cabo por la hierba. Hace poco este lugar fue una granja en las afueras del pueblo de Cayastá. El arqueólogo Agustín Zapata Gollan empezó sus excavaciones acá en 1949; el sitio fue expropiado por el gobierno y declarado un Monumento Histórico Nacional. No llevó a la naturaleza mucho tiempo borrar todo rastro de esa época agrícola, como ya había hecho con la ciudad; ojalá, cuando pase nuestro momento como raza, todos los paisajes que hemos usurpado tengan una capacidad igual de recuperación.

Camino por este mar de pasto aromático, perfectamente llano. Las copas de los árboles y arbustos se asoman en la distancia como humo verde. Las tijeretas vuelan de rama a rama, arrastrando el barrilete largo de sus colas; un par de aves chicas, de un blanco tan virgen e improbable como sábanas tendidas, se esconden entre las hojas, buscando ser menos llamativas. A Zapata Gollan le gustó el ubajay y plantó varios por el sendero que lleva al río. Sus frutas son tan amargas que ni los pájaros las comen; se caen al suelo para pudrirse y la mañana ya calurosa avanza al ritmo de sus golpes secos y del croar de las ranas. Además de su valor estratégico para los españoles, no es difícil intuir el encanto de este lugar para de Garay y los otros colonos.

En su testimonio, su hija Jerónima de Contreras pidió que la enterraran aquí, en la Iglesia de San Francisco; quiso descansar al lado de su marido, el virrey Hernandarias. Los próceres de Santa Fe estaban enterrados directamente en su piso de tierra. Sus restos le permitieron a Zapata Gollan identificar la iglesia y a ellos y aseverar que aquí se encontraba la vieja ciudad; sus testimonios reclamaron lugares específicos en el piso como si fueran bancos en la misa dominical. Para ellos el descubrimiento hecho por el arqueólogo fue una desgracia; sus esqueletos fueron quitados del lugar y cambiados por réplicas.

La iglesia es el plato fuerte del Parque Arqueológico e incluso sabiendo que los restos sean réplicas da impresión verlos esparcidos por sus cimientos. El galpón que protege las ruinas de la iglesia es más elaborado que los otros; unas ventanas mitigan el calor atrapado por el techo de chapa. Un pasillo elevado rodea las ruinas y se puede caminar en torno de sus paredes para ver de cerca a de Contreras y su marido. (Ya tanto me ha atrapado la historia de estas tierras que me dio emoción ver una réplica de los huesos de Hernandarias.) Desde la entrada la iglesia se parece a uno de los tejidos de Tarabuco que plasman la vida y las costumbres de ese pueblo boliviano: los muros de tapia son el marco de un estrecho rectángulo vertical; los cadáveres en grupos de a dos y tres son las notas en un pentagrama que reproduce el ritmo de otra comunidad. Los sacerdotes yacen con las cabezas hacia el altar, dando una síncopa a la anotación, enfatizando su posición social incluso en la muerte. Es una imagen bastante parcial – esta iglesia era solamente para el elite de Santa Fe – pero una muy viva. Casi espero que los viejos colonos se levanten a retomar el laburo de conquista.

Si siento un cierto deja vu en la iglesia es porque en un sentido ya la conozco – o, mejor dicho, conozco su réplica, la actual Iglesia de San Francisco en la nueva Santa Fe. La vieja ciudad no fue un éxito. Los pueblos originarios de la zona la asaltaron, intentando retomar sus tierras; por su ubicación entre dos ríos a veces se encontraba completamente aislada por inundaciones. En 1660 los criollos se trasladaron ochenta kilómetros al sur y – con ese apego a las cosas que no andan bien que es tan encantador y exasperante en los argentinos – construyeron una ciudad idéntica en el nuevo sitio. Desde la puerta de la iglesia la guía me señala el galpón que tapa el viejo cabildo; casi mareado, me imagino la Casa del Gobierno que mira la Plaza 25 de mayo en su lugar. (En el siglo diecinueve – en ese breve momento cuando Argentina se encontró entre los países más ricos del mundo – demolieron el cabildo colonial y construyeron un palacio al mejor estilo francés en su lugar.) Camino por el sendero que en la nueva ciudad sería la calle San Martín y llego a un letrero rojo identificando el sitio de la antigua Plaza de Armas. Estoy en dos lugares a la vez; veo la sobria Manzana Jesuítica que se encuentra a dos horas al sur y, a unos metros, la barranca donde el río ha comido el sitio de su original junto con una tercera parte de la traza urbana. Una cigüeña flotando en el río se echa a volar; unas vacas pastan en las islas de enfrente.

En el museo del sitio hay una maqueta de la ciudad en su época. La ciudad obedece a esa geometría cuadrada española, tan fácil de duplicar en cada nuevo asentamiento, una herramienta tan imprescindible como el castellano mismo en el proyecto de imponerles una sola lógica a estas tierras tan enormes y diversas. Sin embargo, al mirar la maqueta no veo ese patrón universal sino la ciudad de Santa Fe en sus dos iteraciones. Son tercos estos territorios; insisten en su idiosincrasia, no es fácil quitarles sus particularidades. Y la particularidad de las dos Santa Fe es esa extraña relación de una copia con su original, como los dos Don Quijote en el cuento de Borges. Los santafesinos levantaron su ciudad facsímil por unos motivos: para respetar las disposiciones de Juan de Garay al fundar la vieja; para evitar discusiones entre las familias importantes sobre la repartición de las tierras. Pero como pasa en “Pierre Menard, autor del Quijote“, la copia se volvió la versión definitiva. Caminando por las ruinas de la original, me fascina la idea de una ciudad como un ensayo, de una ciudad en borrador.

Se puede decir que las dos Santa Fe son borradores de ciudades portuarias más imponentes: de Buenos Aires, fundada por segunda vez siete años después de la vieja Santa Fe, que prosperó gracias a su sitio más cerca del mar; de Rosario, una ciudad mucho más joven, que debe su éxito a un puerto de mayor profundidad. Mientras tomo un café con un santafesino se queja de que los porteños ni saben de la existencia de la capital: para ellos Santa Fe es sinónimo de la gran Rosario. Para los rosarinos los habitantes de Santa Fe son unos pueblerinos conservadores. Redactaron la constitución argentina de 1853 en la nueva Santa Fe, pero después la ciudad no tuvo un papel decisivo en el devenir de la cultura litoral que tiende a creerse la Argentina definitiva. Capaz que los santafesinos tengan suerte en eso; les son ahorrados los peores traumas de la modernidad. Aquí me siento un Juanito Laguna en los primeros grabados que Berni hizo de él: un pescador en un mundo aún bucólico, antes de que los desechos de la industria desplazaran cualquier rastro de la naturaleza. No es una ciudad ambiciosa y sufrida como Rosario, la Chicago de Argentina y su Medellín. El ritmo urbano y sus estallidos de violencia no les han desnudado los nervios, no les han endurecido el pellejo; son más tranquilos, más abiertos, más hospitalarios. Vuelvo a Rosario dudando una vez más del llamado progreso, de ese delirio que se califica de una marcha ordenada hacia el futuro. Quizás entre los borradores del pasado queda esbozado un diseño más ameno.