Cuando me corrigen el castellano, los americanos lo hacen con un tacto que siempre recibo como una bondad. Al equivocarme de una palabra o de la conjugación de un verbo – un suceso bastante frecuente – mi interlocutor no me dice, «Che, hablaste mal, la palabra es otra». Con esa preocupación por los sentimientos del otro y esa pizca de formalidad tan típicas de los modales latinos, me repite mi última oración, sustituyendo la palabra errada por la indicada. Me permite pensar – si soy uno de esos cuyo terco orgullo no les permite reconocer sus errores – que sólo repite mis palabras para darle a sí mismo un momento para pensar, o para mostrarme que me escucha con atención. Me deja el ejemplo del verbo bien conjugado o del sustantivo que se emplea en esta zona, con la paciencia del docente que te enseña a percibir la belleza en las cosas bien hechas. Tuvo esa paciencia el hombre en Chiapas que me enseñó a tejer: me mostró lento cómo hacer que el gancho navegara la lana como el brazo de un nadador. Deshice mis primeros torpes puntos y empecé de nuevo; poco a poco aprendí a manejar el gancho.

El instinto por corregir los errores me parece una prolijidad, un cuidado por los detalles, que se parece al mío de escritor: yo también repaso una y otra vez el mismo texto, buscando plasmar lo que quiero decir. Es importante encontrar las palabras indicadas. Al corregirme ellos también corrigen la realidad, la mejoran como si fuera un borrador, un archivo compartido entre todos en Google Drive. Alejan el pequeño caos, la nota desafinada que mi error introduce al mundo; una vez más la palabra se ajusta a su referente y la realidad vuelve a su forma habitual.

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El castellano se ha vuelto el idioma de mi corazón, a pesar de mis frecuentes errores. Tengo un mejor dominio del inglés, mi lengua materna, pero ya no me sirve para expresarme. Así que el idioma de mi corazón es uno que me hace titubear, que me echa en la cara mi extranjeridad, que me impone la humildad propia del novato. Una vez mi psicólogo me dijo que me relaciono con la lengua como si fuera una persona, que me he enamorado de sus palabras. Tuvo razón: es una relación apasionada y los poemas, las menos premeditadas de mis palabras, me salen en castellano, cada uno una espontánea declaración de amor. Y capaz que sea adecuado que este idioma que amo y que me permitir expresar ese amor a veces me parece un bosque en lo cual ando perdido. El amor debería ser arrollador: entrar en esa intimidad no te deja tranquilo, te cambia en lo más profundo de tu ser. Hay que respetarlo porque el crecimiento de ese nuevo organismo implica el derrumbe de ciertas viejas estructuras, como los árboles que desplazan los edificios de las ciudades mayas reconquistadas por la selva. Una prosa pulida no representaría bien esa vitalidad demoledora que no te permite máscaras ni caparazones. Quizás mi tema y mi forma de comunicarlo sí se encajen bien: ando a tientas en otro idioma, hablando de las torpezas de amor.

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La gente que me ha escuchado hablarlo me dice que soy una planta en inglés. La expresividad de mi voz se apaga, los hombros me caen, las manos me quedan inmóviles. Soy otra persona, menos viva. El castellano habita mi cuerpo de otro modo. En parte es una cuestión de culturas distintas: los modales australianos, que combinan la reticencia de los ingleses con una cualidad lacónica propia de mi país, son muy diferentes de los modales latinos que saben aprovechar todos los recursos expresivos del cuerpo. Pero también es que el idioma me reta a una búsqueda de significado: cuando mi voz sube de su registro grave o su tono se vuelve enfático, cuando me estiro los brazos o mis manos esbozan algo en el aire, es un esfuerzo por alcanzar lo que quiero decir, por alcanzar la frase justa. Me abro la jaula de mi pecho para que los pensamientos allí encerrados se realicen en su vuelo. No son solamente las palabras que encuentro en los libros o las que esparzo por las hojas de mi escritura las que amo; me encanta tenerlas en la boca, sentirlas resonar en mi cuerpo, mirar con asombro lo que hacen mis manos bajo su hechizo. Como cualquier buen amante, el idioma sabe encenderme; me devuelve mi cuerpo.

Es un regalo importante, porque por varios años perdí mi cuerpo. Sin entrar en detalles, me pasó algo que me alienó a mi cuerpo, que me impuso una insensibilidad persistente. Esta insensibilidad fue una estrategia que me permitió aguantar la experiencia – sin poder soportarla, me ausenté de mi cuerpo – pero después se convirtió en un estado de lo cual no pude salir. No encontré la manera de volver a mi cuerpo; me pasaban apagones regulares, periodos de depresión cuando la falta de vida se volvía total. El inglés se convirtió en el idioma de ese cuerpo medio muerto; la voz que lo salía era sin expresión, la voz de alguien que evitaba la emoción como si fuera un peligro. El castellano me abrió una vía de regreso: aprendí a hablar de nuevo, con otras palabras, y estas nuevas palabras me levantaban las manos, me acariciaban el cuello, me prendían el brillo en los ojos. Su forma de ser cambió la mía y empecé a sentirme vivo de nuevo.

Lo curioso es que el español construye una relación muy distinta – y menos estrecha – entre ser y cuerpo que la que supone el inglés. En inglés se refiere a las partes del cuerpo con el pronombre posesivo – my thigh, your hand. El cuerpo pertenece al ser: es un bien, su inmueble caminante. En el castellano el cuerpo tiene vida propia – el muslo, la mano – y afecta al ser. En inglés my arm hurts; en castellano me duele el brazo. Cuando Jesús dice en inglés «If your hand offends you», a un angloparlante le parece lenguaje figurado; cuando dice en español «Si tu mano te es ocasión de pecado», la idea de que el cuerpo tiene una existencia – quizás incluso una voluntad – propia parece completamente natural. Por supuesto se puede interpretar las relaciones de otro modo: que el inglés piensa en el cuerpo como parte del ser mientras el castellano lo mantiene alejado del alma. Pero la autonomía que el español otorga al cuerpo al nivel del lenguaje otorgó a mi cuerpo también.

Por eso me molesta cuando los desconocidos insisten en hablarme en inglés: me niegan el acceso no solamente a su mundo cotidiano con su música particular sino también al idioma que me libera. Lo hacen por diversos motivos: porque de ese modo les tratas a los gringos; porque se esforzaban por aprender el inglés y tienen pocas oportunidades de hablarlo; porque están acostumbrados a la arrogancia de los angloparlantes que esperan que todo el mundo les hable en su lengua; porque les parece que no manejo el castellano lo suficientemente bien. A veces la conversación se vuelve una suerte de lucha libre; el ganador se lleva como trofeo el derecho de seguir hablando el idioma de su elección. He aprendido a aguantar con buen humor las pequeñas indignidades experimentadas por los extranjeros: el «Hablás bien el español», dicho en un tono de sorpresa; el «Ah, querés practicarlo», como si mi vida acá fuera un pasatiempo. En un mundo donde el inglés manda, hay aquellas personas que no entienden porqué yo abandonaría la lengua de los estadounidenses. Hablar el inglés es un capital cultural que te acerca al poder y a la prosperidad. «No des la espalda a tu idioma», me dijo un montevideano conservador, en inglés, después de un paseo medio incómodo por la Avenida 18 de julio.

Para mí el bilingüismo es una migración definitiva como la cual que emprendí con mi cuerpo: no renuncio ni mi país ni mi idioma natales, pero sí los he dejado atrás. He elegido otra cosa. Admiro la facilidad con que otras personas bilingües más cosmopolitas se mueven entre lenguas, sazonando su hablar con frases en inglés, pero yo no dispongo de esa ligereza. Por el mismo motivo jamás aprendí a conducir ni incluso andar en bici: hay algo en mí que prefiere ir despacio. Es un paso grande meterme en una cultura distinta, un proceso lento recuperar mi cuerpo. Soy uno de esos ancianos que solo pueden concentrarse en una cosa por vez, uno de esos planetas lejanos que lleva mucho tiempo en cruzar desde un signo a otro.

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A veces lo veo en sus caras antes de decirles una palabra. Los ojos se ponen como platos; las bocas se aplanan en una mueca de incomodidad; se paran bien derechos, preparándose para el ajeno que se acerca. Soy alto, rubio, extranjero, tan inesperado y fuera de lugar como un perro grande sin dueño que te saluda en la calle. Hablo el mismo español de siempre pero no me entienden y tengo la sensación de que no me están escuchando a mí sino a la imagen del gringo que les sorprendió al cruzar el umbral, que no esperaban entenderme y por eso no me entienden. Empiezo a dudar de mí y balbuceo al repetirme; de esa manera les confirmo la imagen. Ojalá pudiera verme una vez desde su perspectiva: capaz que sea mi autoimagen la que sea errada, que yo sea exactamente tan torpe como parezco a sus ojos.

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Ella ama el italiano tanto que se traslada a Roma para hacerlo suyo. Es estadounidense y sus clases en ese país no le permiten acercarse al idioma; cada vez que va a Italia le faltan las palabras. Siente la angustia de una enamorada que no puede alcanzar al ser amado. Se traslada a Roma con su familia y vive y escribe en su nueva lengua. Se llama Jhumpa Lahiri y ya es una autora conocida, la ganadora del Premio Pulitzer; en italiano aborda la escritura una vez más como una novata. Sus padres son de India y el bengalí es su lengua materna, pero no sabe hablarlo perfectamente. «No sé leerlo ni incluso escribirlo. Hablo con acento, sin autoridad, y por eso siempre he percibido una desconexión entre él y yo». De adulta, en lugar de profundizar en el idioma de sus padres ella elige otro; se enamora del italiano durante unas vacaciones en Italia, al escucharlo hablado en las calles de Florencia. Escribe un libro, sobre la experiencia de volverse escritora en italiano; después sale una edición bilingüe, la traducción al inglés llevada a cabo por otra persona. No quiere abandonar el idioma nuevo, siente la necesidad de defenderlo «del idioma más fuerte»: la simplicidad, la extranjeridad de su italiano le parecen valiosas. «Quise que la traducción de In altre parole tradujera mi italiano honestamente, sin alisar sus facciones rústicas, sin neutralizar su rareza, sin manipular su carácter».

En Australia su libro me resonó de manera incómoda: no me di cuenta de que un idioma podría adueñarse tan completamente de una persona, que te podría llamar como si fuera una vocación. Yo había pensado en el castellano como una herramienta que me permitiría viajar por América y conocerla en profundidad; ahora entendí que no se trató de un martillo que yo utilizaría en el momento indicado y después guardaría de nuevo. Se trató de un cambio interno, una reforma honda que correría mis paredes de sus lugares habituales y cambiaría mi forma de ser. Se trató de amor, de una de esas locuras para las cuales estamos dispuestos a dejar atrás toda una vida.