Voy a Tribunales para que me legalicen una fotocopia. Debería haber sacado turno pero el primero disponible es a un mes, en agosto. Ya sé que rara vez se realiza un trámite en un solo día: el sistema argentino tiene un ingenio por meterte pasos intermedios, por sumar formularios inesperados, por mandarte a otro departamento gubernamental. Pero el sistema también tiene una cierta flexibilidad; si te atiende alguien dispuesto a ayudarte los procedimientos dejan de importar. He aprendido a abordar los trámites sin expectativas. Los hago con una esperanza que no admito a mí mismo, una esperanza medio religiosa, como si yo pasara por la plaza a una hora determinada, esperando toparme con un crush. (Es curioso que el verbo esperar no distingue entre expectativas y esperanzas, que puede significar expect o hope.) Siempre hay la posibilidad de que te toque alguien que pone a las personas antes los procedimientos.

Tengo suerte. Junto al arco detector de metales le pregunto al guardia dónde está la oficina de certificaciones: al enterarse de que no tengo turno se pone a ingeniarme una manera de sortear las reglas. Me pregunta dónde vivo y le contesto que en el centro. Hace una mueca debajo de su tapabocas: «Eso no sirve», me dice, «Si vivieras lejos sería otra cosa». Me aconseja que haga hincapié en ser extranjero: «Diles que no sos de acá, que no supiste que tenés que sacar turno». Tiene razón; mucha gente ve lo de ser gringo como una especie de discapacidad y a veces eso sí me sirve. «Si no te dan bola ven a buscarme», me dice. «Hablo por vos». Busco Certificaciones, fortalecido por su bondad.

Hay pocas personas en la sala de espera. La mujer que me atiende sigue la letra chica, que además le ahorra la molestia de estirarse para el sello de goma. Tengo que sacar turno sí o sí. Salgo y lo hago en mi celular, por las dudas, y vuelvo para probar suerte con otro empleado municipal. La pantalla me asigna el vecino de la mujer. Le explico que he sacado turno pero es en un mes; este documento es el último que me falta para tramitar mi residencia. El hombre se baja el barbijo detrás de la ventanilla y siento que he derribado un muro. «¿Migraciones te han dado un plazo para entregarlo?» me pregunta. «No», le respondo, «pero la vida me complica sin DNI. No puedo inscribirme para la vacuna, entre otras cosas». Me mira con una expresión sardónica. «¿Y qué haces acá?» me pregunta. «¿Sos delincuente? ¿Estás cumpliendo una condena?»

Considero hacerle un comentario picante sobre el purgatorio burocrático en que me encuentro, que me han llevado meses tramitar la residencia y a veces sí me parece una condena, pero en lugar de eso le hago una risita cómplice y digo, «Muchos argentinos me preguntan eso». Y es cierto: encuentro esa incredulidad constantemente, de personas que no valoran este país, que no entiende qué encanto puede tener para una persona del llamado primer mundo. «Dámela», me dice el hombre. Mira la fotocopia y el documento original, pone el sello y su firma y ya está. Voy a la caja y pago los cuarenta pesos. Soy el beneficiario de una bondad significativa y baladí: significativa con respecto a lo que me permite hacer y baladí porque no le costó nada a ese hombre darme ese sello. Estoy agradecido de que la comprensión humana de vez en cuando afloje la rigidez institucional y a la vez tenso, a punto de llorar: por la irregularidad del sistema, por la incertidumbre que te impone, la incertidumbre proprio del suplicante.