Es la Nochebuena, estoy de visita en Sídney y acompaño a mi padre a la misa de medianoche en la Catedral de San Patricio. Mi viejo no es muy religioso y en este momento de mi vida yo tampoco, pero nos alegra a los dos encontrar este instinto compartido: tenemos ganas de ir a la misa de medianoche. Es poco común que nos entendamos. Estamos solteros los dos y nadie va con nosotros: me acomodo en el asiento del pasajero mientras mi padre nos conduce hacia el centro. Es preciosa esta intimidad: cada vez que lo visito es como si un rey estuviera otorgando una audiencia a su hijo bastardo. En realidad la tradición católica no me pertenece tampoco: mi madre era metodista y cuando creí, durante un tiempo de mis caóticos veinte, que tuve una vocación religiosa, fui a un seminario protestante. Si mi viejo es un rey, la Iglesia es su corte, y entro en ella con la mezcla de fascinación y envidia propia del bastardo. A veces me acerco al altar para recibir la hostia aunque no tengo derecho de hacerlo; animado por el mismo impulso robo fotos de mi padre, de su juventud, de sus viejos, para apropiarme de un fragmento de algo que debería ser mío.

Entramos a la catedral por un costado, por las puertas cercanas al altar. Solo faltan quince minutos para que comience la misa y los únicos bancos que quedan libres están muy atrás. Mi viejo no es de conformarse con nada de segunda marca. De algún modo obtuvo un permiso para estacionarse en los espacios reservados para personas con discapacidades y esta noche dejó su Lexus a unos pasos de la catedral. Ahora se acerca a un acomodador, mirando la zona reservada para próceres, y le pregunta si podemos sentarnos con los obispos. Empieza a inventarle una ficción: que recién regreso de Londres, que hace muchos años que no nos vemos, que mi madre se murió – en resumen, que es muy importante que asistamos a esta misa. Como todas buenas mentiras esta tiene su fundamento en lo cierto: mi padre solo modifica un par de detalles. Vivo en Melbourne, no en Londres, pero cada vez que mi padre y yo nos reunimos tenemos que acercarnos de nuevo, como desconocidos, desde cero, atravesando el campo inmenso de nuestra incomprensión mutua. Está intentando mimarme y no sabe bien cómo hacerlo; sigue comprándome peluches y enormes huevos de chocolate cada Pascua, como si aún tuviera ocho años. Quiere que tenga una misa de lujo; desea que mire su ingenio para conseguir lo que se propone. El acomodador le cree o decide consentirle y nos da unos puestos en la tercera fila. Años después aún me agrada recordar su placer en esa pequeña victoria, un hombre que mintió para obtener buenos asientos en la misa de medianoche.

* * *

Mi viejo se preocupa por mí. Se separó de mi vieja, casi nunca está en casa y me falta una sana influencia masculina que me haga más firme. Su hijo es sensible, gordito, tan suave y rosa como un malvavisco. Ya me compró un pastor alemán, el perro indicado para un hijo varón; estuve leyendo una novela de Charles Dickens y le puse el nombre del protagonista. Mi viejo no se desanimó. Ahora va a convertirme en un hincha de rugby. No existe una tradición familiar a seguir – él no tiene un equipo preferido – y me pregunta cuál de los equipos en la liga más me gusta. Elijo el equipo blanco y azul – los colores se combinan bien – y me compra un uniforme completo: el jersey, un gorro, una bufanda, los calcetines y una pelota para llevar conmigo al partido. Comprendo que desea que cambie de alguna manera, aunque no tengo claro de qué trata este cambio. Pero me emociona que esté prestándome atención y visto con ganas la ropa que me compró.

Es medio incómodo el viaje hacia el estadio. No estoy acostumbrado a estar a solas con él y es raro encontrarme en el asiento de pasajero. Cuando salimos en familia mi vieja se niega a sentarse a su lado. Enojado, mi viejo insiste en que alguien le acompañe – «No soy taxista», nos dice – mientras mi hermano y yo discutimos sobre quién tendrá que hacerlo. Es que le tenemos miedo; siempre está de mal humor, su exclusión de la unidad familiar le parece una falta de respeto.

El día no es un éxito. Me aburre rápido el partido; los cuerpos fornidos de los rugbiers quedan pegados en incesantes placajes y scrums y me da asco la violencia de sus colisiones. Me disculpo para ir al baño y paso un rato en la mugre debajo de las gradas. Tengo la pelota bajo un brazo; la desciendo e intento darle unas patadas, pero no llega a ningún lugar y me pongo a escarbar en la tierra. Desde arriba escucho los vítores de la muchedumbre y me pregunto si ser hombre tiene algo que ver con el ruido, si es una cuestión de gritar. A esta distancia los gritos no me molestan; sus ráfagas me acompañan mientras sigo cavando.

Después del partido mi viejo me lleva a los vestidores para que me firmen la pelota y allí finalmente encuentro una masculinidad que me atrapa. Las duchas llenan el aire con vapor y de esta niebla primigenia salen los rugbiers, desnudos, resplandecientes, los muslos y las nalgas colorados por el agua caliente, los pitos tan gruesos como calcetines de rugby bien doblados. Desde mi invisibilidad de niño puedo mirarlos plenamente, sin vergüenza. Ellos tampoco se muestran avergonzados; uno pasa desnudo a firmarme la pelota, su toalla colgada de un hombro, el agua aún reluciendo en el otro. Quizás de eso trata ser hombre: caminar por el mundo como si te perteneciera, sin necesidad de esconderte, confiando totalmente en ese cuerpo fuerte. No sé si quiero parecerme a ellos o si deseo tener esa fuerza de otra manera, pero algo es cierto, esos dioses son la respuesta a una pregunta que aún no he articulado. De vuelta a casa mi padre me pregunta si la pasé bien y le contesto honradamente que sí. Siempre será así: aprendo un montón de él, pero no lo que quiso enseñarme.

* * *

A mi viejo le agrada tener las cosas claras. La plata le sirve para eso; entabla relaciones como si estuviera negociando un contrato, las expectativas y las sanciones bien definidas. Su última mujer emplea una frase que le describe bien en esos momentos: «Donny está haciendo un trato», dice, burlándose de él. Cuando conoció a mi vieja, mi padre ya tenía casi cincuenta años y no buscaba empezar una familia: quería una compañera para sus vacaciones en el extranjero, aquellas que le permitía el éxito de su firma de contabilidad, una mujer que supiera lucirse en las fiestas del club náutico. La insistencia de su nueva esposa en tener hijos rompió el contrato. Ya tenía dos hijos con su primera mujer; este nuevo matrimonio no era pensado para eso. Al fin le dio un par de hijos pero de mala gana y los deseos divergentes de los esposos condujeron la relación a su fin.

Al separarse de mi madre, mi viejo negoció una relación distinta con ella: la empleó como ama de llaves. Le pagaba un sueldo semanal para limpiar la casa, dejarle comida en la nevera y acompañarle a las fiestas hasta que él encontrara otra rubia gregaria que cumpliera la función social. Es de esa época que provienen los primeros recuerdos de mi infancia. Yo espero las señales de su vuelta a casa, atento como un sirviente a la llegada del dueño ausente que cuenta entre sus privilegios el de venir cuando le convenga. Entrada la noche la luz de los faros de su auto roza las cortinas de mi pieza; lo estaciona en la cochera, calienta un plato en el microondas y se encierra en la habitación principal que ocupa todo un costado de la casa. Es su vivienda más grande hasta la fecha, de dos pisos; la compró para ostentar su éxito, pero entra y sale como un ladrón. Es suya, aunque son sus empleados los que viven en ella y él sólo la visita de vez en cuando. Soy el hijo de la ama de llaves, no del dueño. Aunque sí se casó con mi vieja, nunca seré su hijo legítimo.

Su dormitorio tiene un vestidor grande; cuando él no está en casa paso horas allí sentado en el piso. No me atrevo a probarme su ropa. En realidad no me atraen los colores sobrios de sus trajes y sus zapatos me parecen feos y cuadrados a pesar del brillo de su cuero. Cuando me pongo la ropa de adultos elijo los vestidos y las pelucas de mi mamá. Pero me fascina ese ejército de trajes desocupados, como si escondieran alguna pista que me permitirá conocer al hombre que los usa, como si fueran las líneas de un dibujo para colorear. En estos momentos su ausencia es más fácil de llevar; me siento acompañado por los gemelos dorados y el olor al betún.

Los hijos de su primer matrimonio son sus auténticos herederos: los dos eligen trabajar en el mundo de las finanzas y repiten sus logros a mayor escala. No conocí a mi hermanastra hasta que mi viejo cumplió ochenta años y he visto a mi hermanastro sólo un par de veces. Son desconocidos y se han convertido en figuras míticas para mí, al igual que mi viejo, que intento descifrar a distancia, a través de las noticias que me llegan de sus vidas ajenas. Mi hermanastro compra la firma de mi padre y traslada la oficina a unas instalaciones más ostentosas en Cockle Bay, el Puerto Madero de Sídney; aparece en un programa matutino de televisión, hablando de finanzas; se hace amigo de deportistas famosos y otras celebridades. Empieza a denominarse un «contador célebre». Físicamente se parece a mi padre y cuando mis amigos me envían las notas de prensa sobre él tengo una extraña sensación de déjà vu, como si estuviera mirando el espectáculo para el cual la vida de mi viejo fue meramente el ensayo. Le supera incluso en su afición por los yates. Compite en la regata Sídney-Hobart, un evento tan imperdible en el verano australiano como el cricket o el Abierto de Australia. Como capitán aprovecha a full la atención de los medios, incorporando a sus amigos famosos en la tripulación. Después de unos intentos la gana, volviéndose un deportista campeón además de sus otras hazañas.

Su éxito no alegra a mi viejo: ha vendido el emprendimiento que le dio importancia en el mundo y ahora se siente obsoleto, quejándose de que su hijo le ha consumido y no le da ningún reconocimiento en sus entrevistas con la prensa. Sospecha que su heredero está haciendo todo mejor que él, que es el hijo que todo el mundo va a recordar. Mi hermanastro ha aprendido bien de él. No heredó la firma de mi padre, la compró: ahora la transacción ha finalizado y no hay nada que agradecer. A mi viejo no le queda mucho para vender y no sabe entablar una relación que no tenga un valor en dólares; está negociando un trato con su tercera esposa para que ella vuelva a cuidarle en su ancianidad. Se sienta en el sillón que da la espalda a la ventana, sólo en su departamento de lujo, rumiando sobre todos los que le faltan al respeto; en algún momento, como la heroína de Las alas de la paloma girando la cabeza para mirar la pared, la vida deja de interesarle. No logra reconciliar el sueño y pasa los días dormido en el sillón: rara vez está despierto, entra en una siesta eterna y resentida, una espera por la muerte que se le acerca lentamente.

* * *

Son como citas mis almuerzos con mi viejo. Vivo en Sídney de nuevo y a cada rato pasa a buscarme en su Lexus. Ve con malos ojos el barrio donde vivo y no se baja de su auto; desde afuera oigo las notas largas e imperiosas de su claxon y me apuro a salir. El auto no concuerda con las calles estrechas ni con las viviendas adosadas: parece una moneda de otra época, enorme, de plata pura. Mi papá lo trata con ternura: todas las semanas lo lleva al lavadero de autos, donde un equipo de hombres lo miman con trapos suaves. Me subo al auto y partimos. Me lleva casi siempre al mismo lugar: el restaurante de otro club náutico. Se encuentra en un muelle y por las ventanas se ve el blanco impecable de los barcos y el agua zafiro de la bahía. Los almuerzos con él son como citas porque en cada encuentro nos presentamos como si recién nos conociéramos y porque le inspiro una cierta caballerosidad. Nos elige una botella de vino blanco y pide la comida por mí; al volver a su auto me abre y cierra la puerta. Me está cautivando como si fuera una de sus mujeres; contándome el último chisme de su mundo financiero o sobre sus esperanzas con su nuevo caballo de carreras – será el campeón que ha buscado todos estos años – tiene un carisma considerable, el carisma de un hombre que sabe mandar, y entiendo cómo atrapa a ellas. Es el encanto de un hombre no por completo confiable, el hombre a quien uno se entrega en contra de todo buen juicio. «Jamás miento», dice, mintiendo. Le gusta tomar y con el plato fuerte pide otra botella de sauvignon blanc. Después en el auto masca una mentita fuerte para ocultar el olor a alcohol en su aliento y conduce por las calles paralelas para eludir a la policía.

Una tarde de esas me lleva al cementerio donde están enterrados sus padres. Si nuestros almuerzos son como primeras citas, esta tarde se parece al momento en que una nueva relación se torna seria y decides presentar a tu novio a tu familia. Mi viejo no tiene a quien presentarme: fue hijo único y sus padres murieron en los años cincuenta, cuando él tenía mi edad. No parece pensar mucho en ellos; al menos no suele hablar de ellos. De su última esposa aprendo unos detalles: mi abuelo, que trabajaba en las aduanas de Circular Quay, escribía poemas y salía, no a los pubs donde los hombres de aquella época se emborrachaban con schooner tras schooner de cerveza, sino a un pequeño bar italiano todos los sábados para tomar una copa de vino. Era sensible; tenía una cierta elegancia. Mi abuela era «nerviosa» y sufría periodos depresivos cuando no podía levantarse de su cama; una tía se quedaba con ellos en esos momentos para cuidar al joven Donald. Me identifico con la poesía y los nervios; a la vez me siento muy atrevido en llamarles «abuelo» y «abuela», como si estuviera reivindicando una relación que no me corresponde.

Esta invitación me parece significativa, entonces: mi padre me ha presentado a ellos. Me comparte una parte de sí mismo para mí desconocida; me reconoce como hijo, reconoce el hilo de sangre que nos une. De joven esta parte sureña de la ciudad era la suya: una zona de playas, cerros y tierra arenosa. Vivió acá con sus padres y después con su primera familia; al abandonarlos dejó también la zona y se trasladó con mi madre a los barrios acomodados del norte de la bahía. Obedeciendo un impulso, se desvía para mostrarme la casa de su primera mujer, que una vez fue su casa también: reduce la velocidad sin parar el auto y veo pasar un bungalow como cualquier otro de la zona. Hay una falta completa de ostentación y me pregunto si por eso lo dejó atrás, por no encajar con sus pretensiones arribistas.

Continuamos hacia el cementerio. Mis abuelos maternos están enterrados aquí también: los conocí en la vida, pero no los he visitado desde sus muertes diez años atrás y entro a la oficina para preguntar la ubicación de sus nichos. Se trasladaron a la ciudad desde el campo, como mis abuelos paternos, y también eligieron el sur de Sídney. A mi abuelo no le agradó mi padre: además de arribista es católico y mi abuelo fue masón. Incluso en la época de Australia Blanca los australianos anglosajones hallaban entre ellos un grupo para condenar al ostracismo: los ingleses protestantes miraban con desdén a los irlandeses católicos, reproduciendo las grietas de la metrópoli. Me pregunto si este rechazo lastimó a mi padre, si este hijo único alguna vez buscó la aceptación de sus nuevos suegros. Ahora tienen un nicho cada uno en un muro bajo de ladrillo, cubierto con una placa.

Nos paramos enfrente de la tumba de mis abuelos paternos, enterrados juntos. Me gusta la aliteración de sus nombres Arthur y Alma: es como si fueran bautizados uno para el otro, para fundirse después en esa a suave y larga. Incluso nacieron con el mismo apellido, aunque no fueron parientes: sus nombres no ofrecieron impedimento alguno para su unión. En las fotos que tengo de ellos están festejando el cumpleaños veintiuno de mi padre: sonríen modestamente, el peso de su vejez visible ya en sus caras y hombros. De joven mi viejo es completamente distinto: flaco pero muy flaco, un poco incómodo en esa fiesta que le convierte en el centro de atención, con una sonrisa en la cual sobran los dientes. Me pregunto si fue la pérdida de sus padres lo que le volvió tan inasible, la razón de su falta de instinto familiar. A veces sospecho que nunca logra estar presente por completo, que no sabe ponerse en contacto con sus íntimos. No conoce la intimidad; está varado en una soledad extraña. Ahora no me dice nada que me de una pista sobre su identidad o la mía y no encuentro las preguntas que le permitan hablar con soltura. Nos paramos en silencio frente a esos desconocidos que murieron hace sesenta años; hay unas piedritas sobre la tumba y me pide ordenarla. Siento que estamos compartiendo algo pero no puedo definirlo. Siempre nos faltan las palabras.

* * *

Se dice que convertirte en padre te enseña a amar incondicionalmente, pero es mi viejo quien me lo enseña. El deterioro de su salud le sobreviene de golpe. Le agarra una neumonía y es internado en el mismo sanatorio donde años atrás diagnosticaron el cáncer de mi vieja. Mi padre es un paciente insoportable: se queja de las enfermeras, niega la gravedad de su condición y hartos de sus quejas los médicos le dejan volver a casa aunque no se ha recuperado por completo. En casa, desorientado, se tropieza con una alfombra y se rompe la cadera. Este golpe le acerca a la muerte: esta vez no dice nada sobre su internación. En su delirio se vuelve por primera vez poético: ve a un amigo, muerto desde hace años, caminar por los pasillos del sanatorio; los autos que observa desde la ventana de su sala le parecen yates en algún cuerpo de agua. Nos vemos obligados a una nueva intimidad. Llevo su dentadura al baño para lavarla bien con un cepillo de dientes; le agarro el bacín mientras hace pis. Lo hago con un amor angustiado y a la vez con una especie de alivio. Finalmente le sirvo para algo. Esas funciones humildes son un reclamo: ¡soy su hijo!, ¡me corresponde un lugar a su lado! Se halla a las puertas de la muerte y aún le pido reconocimiento. Quiero un amor que sea nombrado.

Gradualmente su constitución de toro se impone y empieza a recuperarse. Se traslada a otra clínica para su fisioterapia: tendrá que aprender a caminar de nuevo. Vuelve el paciente insoportable: le buscan a un enfermero varón porque no hace caso a las mujeres. Casi le doy la bienvenida a su mal humor porque mi viejo es sí mismo otra vez.

Empieza a pensar en sus papeles. Aunque fue contador siempre está muy atrasado con sus declaraciones de ingresos. Tiene varias pilas de facturas, extractos bancarios y otra correspondencia en su casa, sobre la mesa del comedor. Le provocan una extraña parálisis: de vez en cuando traslada unas hojas de una pila a otra, pero no paga las facturas hasta que llegue la carta amenazando con cortarle la luz, mientras las pilas siguen creciendo. Ahora está decidido a terminar con todo y me manda a su casa para encontrarle unos documentos. Además de las pilas en la mesa guarda varias cajas en su vestidor. Me siento en el piso, como hacía de niño. Su vestuario ha cambiado en los últimos años – los trajes han sido reemplazados por pantalones de gabardina, camisas a cuadros y suéteres de lana gruesa – pero desde el piso su ropa aún me parece enorme, la de un ser mítico.

Entre sus documentos encuentro su testamento. Le gusta hablar sobre el tema: para él es como la lista de los invitados a una fiesta y lo revisa constantemente, controlando quién queda incluido y quién no. Se ha vuelto un Lear, repartiendo los restos de su reino: es el capital que le queda para asegurarse de que estará acompañado en sus últimos años. Le sirve como una bolsa sentimental, un mercado de valores. Con la plata fija el valor de cada relación. Si está llevándose bien con alguien sube el monto prometido y viceversa. Si le ofenden en algo les quita la herencia. Los testamentos se multiplican con el correr de los años y los caprichos de su corazón.

Me detengo con el testamento en mis manos. No sé si debería leerlo. En realidad no necesito nada de mi padre; me he esforzado para no depender de él económicamente. ¿Por qué meterme en los detalles, entonces? ¿Por qué aceptar su manera de valorar las relaciones?

Pero al fin la curiosidad me gana. Paso las páginas y no encuentro mi nombre.

Lo supe. Es casi un alivio tenerlo confirmado. No se trata de una omisión; es que no existo para él. Soy el hijo de la otrora ama de llaves con quien él mantiene un lazo sentimental y condescendiente: es justamente mi disposición servicial lo que me hace invisible. Los hombres no se dedican a cuidar al otro. Me faltan egoísmo y dignidad; soy un empleado afeminado. Me degrado con cada tarea que le hago, con cada ternura que le muestro. A sus ojos nunca seré hombre ni hijo.

La pregunta ahora será: ¿Me importa eso? ¿Seguiré amando a este hombre que nunca me amará, que nunca va a reconocerme? Es en este momento que aprendo de mi viejo el amor incondicional porque encuentro que la respuesta a mis interrogantes es que sí. No me importa si merece mi amor. No me importa si me ve o si me ama; amarlo es mi necesidad, un imperativo que preciso obedecer. No es un buen hombre, pero es mi padre.

Siento una tranquilidad, la que surge cuando se tienen las cosas claras. Me perdono a mí mismo por esa debilidad de cuidador compulsivo, por ese amor desamparado que nunca será correspondido, que nunca bastará para cerrar la distancia entre nosotros. Ignorarlo sería irrespetar mi propia forma de ser. Encuentro los extractos bancarios que me pidió y se los llevo al sanatorio.