En la víspera del Año Nuevo queríamos escuchar música alegre y alguien puso el concierto en vivo de una cantante brasileña. Facu preguntó por qué la música argentina no expresa una semejante alegría y Nacho le respondió, «Porque somos unos italianos que se arrepienten de haber venido a este país».

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Nunca he logrado amar el tango. Admiro la tensión jamás descargada de su ritmo y su sabor al teatro: sus letras que pintan una escena y el cantante, una figura solitaria en el escenario, que representa su decepción de manera a la vez melodramática y sincera, con su intensidad emocional entre comillas. Pero me pone triste también y después de escuchar unos temas de Roberto Goyeneche quiero poner en su lugar una cumbia de Gilda o algún rock nacional de los ochenta para sacar de mi departamento esa atmosfera deprimente tanguera. Incluso cuando cante del desamor, la voz cariñosa de Gilda y el compás suave de la cumbia expresa una cierta serenidad, la certeza de que la vida seguirá; los rockeros expresan sus deseos con una vehemencia que exige su satisfacción y sus instrumentos se afirman con la vitalidad de una juventud eterna. No tienen esa actitud resignada y fatalista del tango, su certeza de que lo mejor se queda definitivamente en el pasado. Me cuesta conectar con el tango porque no entiendo su lógica emocional. Comparte con la ranchera mexicana una tendencia a la autocompasión de las borracheras y ese concepto machista de las relaciones que ve cualquier muestra de vulnerabilidad por parte del hombre como vergonzosa. Enamorarse de alguien no es un privilegio que se enriquece la vida incluso si la relación falle; es una debilidad que uno debe vengar para reafirmar su potencia masculina. El macho experimenta las emociones como una violencia interna a cambio de la cual devuelve violencia física. La desilusión tanguera no se limita al amor; el mundo entero es decepcionante. El arrabal porteño no es una zona familiar de que se puede gozar en la actualidad; es un lugar cuyo encanto está perdido en el pasado, un facsímil pobre de una geografía una vez amada. Más que nada es esta nostalgia con que me cuesta identificar: esta insistencia en mirar para atrás, esta mirada que transforma el presente en un desierto. Los pasos del ritmo 2/4 se convierten en una gayola de la cual no se puede salir; el actor-cantante está condenado a quedarse solo en el escenario oscurecido. Hay excepciones – las alardes de Tita Merello expresan un orgullo barrial que habita el presente de manera desafiadora; en su álbum Buenos Aires y yo Eladia Blázquez usa el tango para expresa una alienación propia de la urbe contemporánea – pero en general el tango no se siente a gusto en el presente.

Capaz que mi relativa comodidad en el presente sea la consecuencia de haber venido de un país próspero, un país que no ha sufrido los golpes de dictaduras e inflación. Gozo del optimismo inconsciente de horizontes seguros y me cuestan entender la desesperanza que sienten muchos argentinos y su relación ambivalente con su «país de mierda». Nunca he perdido a parientes míos a manos de asesinos militares o mis ahorros de golpe a un crac; quizás esta tranquilidad sea el mayor lujo que mi país me ha brindado. Al enterarse de que soy australiano muchos argentinos me hablan melancólicamente de su deseo por vivir en una nación como la mía: rica, respetuosa de las leyes, libre de los altibajos de la historia argentina. Algunos incluso desearían que los ingleses hubieran triunfado sobre los porteños en sus invasiones de 1806 y 1807; como una colonia inglesa, les parece, la suerte de Argentina hubiera sido distinta. Los motivos mencionados por los problemas económicos del país cambian dependiendo de la perspectiva política del individuo. A los progresistas les parece la culpa de Menem y Macri, con su entusiasmo por vender los bienes nacionales y su adicción a préstamos extranjeros; endeudaron al país y condenaron a muchos a pobreza para el beneficio de sus socios ya ricos. A los conservadores les parece una cuestión de una burocracia corrupta y poco eficiente y una maquina peronista que mantiene sus partidarios en un estado de dependencia de socorro estatal para asegurarse de sus votos. Sin embargo, sobre las consecuencias están de acuerdo: en Argentina el futuro es incierto. Acá los sueldos no alcanzan para comprar una casa, un auto o la tecnología que se ha vuelto tan indispensable; los vaivenes de la economía no les permiten hacer planes. Están tramitando un pasaporte europeo gracias a sus abuelos italianos; una vez que se reciban piensan en irse para Nueva York o Auckland; me preguntan sobre los procesos inmigratorios de mi país. Quieren saber qué tal la vida en Australia, las oportunidades, los sueldos; unos me piden, solo hablando medio en broma, que les lleve para allá. Les parece extraño que me gusta Argentina, que me siento como en casa aquí; a veces desprecian tanto su país que me veo forzado a justificarles mi presencia acá como si fuera sospechosa, y nuestra incapacidad de entendernos se vuelve casi una discusión.

Los quejosos usualmente provienen de las clases medias y me parece raro cuando caracterizan el país como «tercermundista» porque comparado con sus vecinos en los demás países latinos ellos viven muy bien. Los habitantes de esos otros países se quejan de la corrupción de sus gobernantes y sueñan con las oportunidades que les podrían brindar Estados Unidos, pero no tienen una relación ambivalente como la de los argentinos con la patria misma; se identifican con sus tierras, con todos sus problemas y particularidades, con un patriotismo más simple. Me parece en parte una cuestión de expectativas: las clases medias argentinas esperan vivir como los acomodados de Europa o Estados Unidos y su decepción cuando no lo consigan es amarga. Los medios argentinos han creado la narrativa de un «éxodo» de argentinos hacia Uruguay, su vecino rico y despoblado; Susana Giménez encabezó ese movimiento en los primeros tiempos de la pandemia, huyendo en un avión privado hacia el abrigo de su casona en Punta del Este, comparando el gobierno de Alberto Fernández con lo de Nicolás Maduro. El gobierno conservador de Lacalle Pou les da la bienvenida, pero solamente aquellos con más que trescientos mil dólares yanquis para invertir en inmuebles uruguayos. El discurso en torno de estos «refugiados», muchos de ellos solo buscando un lugar para pasar los inconvenientes de la pandemia con mayor comodidad, es una farsa de las experiencias de personas realmente forzadas a abandonar sus hogares. Es un éxodo por avión privado, por Buquebus, el éxodo de personas que no reconocen su buena suerte. Al mismo tiempo los habitantes de las villas de Resistencia y Buenos Aires veían sus barrios transformados por el gobierno en guetos cercados, negado el derecho de circular incluso dentro de sus propias ciudades.

Se nota esta autocomplacencia burguesa, quejosa y altanera a la vez, en Australia igual que en Argentina, el la película australiana La boda de Muriel igual que en la novela Boquitas pintadas de Manuel Puig. Quizás esta autocomplacencia tiene más que ver con los efectos deletéreos de la plata en los caracteres de las personas que con el país en que se encuentran. La Muriel que se va para Sídney, empieza a llamarse Mariel porque ese nombre le suena más elegante y ignora a su mamá en el día de su boda es como la Nené de Boquitas pintadas que se va para Buenos Aires, negándose a mandarle plata a su papá enfermo porque prefiere usarla para comprar un juego de living. Las dos obras mezclan tonos de manera desconcertante: su amor por la cursilería de la cultura popular coexiste con una mirada sin piedad que revela el esnobismo y los corazones sin amor de los pobladores de Porpoise Spit y Coronel Vallejos. El padre de Muriel está avergonzado de su familia y encuentra a una mujer que encaja mejor con sus pretensiones políticas («¡Deirdre Chambers! ¡Qué coincidencia!»); Pancho visita a su hijo en secreto para no arriesgar su trayectoria policial, negándose a hablar con la mamá de su nene mientras se garcha a su jefa. En Muriel la cursilería consiste en las canciones de Abba, que para la protagonista representan un mundo colorido de fantasía lejos de la realidad deprimente de su pueblo. (Los australianos tienen una pasión especial por artistas cursis como Abba y Neil Diamond; es por algo que nuestra cantante más destacada es Kylie Minogue.) En Boquitas pintadas Puig arma su narrativa de fragmentos cursis, de cartas, álbumes de fotos, la profecía de una vidente, una radionovela; cada «entrega» empieza con las letras de un tango. Las bandas sonoras de las dos obras reflejan una diferencia decisiva entre ellas. Muriel logra su sueño de vivir una vida «tan buena como una canción de Abba»; la película termina con ella despidiéndose de su pueblo en la compañía de su mejor amiga. Aún son jóvenes y una vida mejor les espera en la ciudad. En la novela de Puig en cambio el tango se extiende su miasma de nostalgia amargada. Cuando Nené intentar huir de su vida por segunda vez, termina buscando ecos de su amor adolescente en las sierras de Córdoba. Incluso para los personajes que logran escaparse del infierno grande de Coronel Vallejos, los acontecimientos de su juventud permanecerán los momentos definitivos de sus vidas y cuando se vean con algún conocido del pueblo se hablan obsesivamente del pasado.