Cuando llegué por primera vez al Cono Sur, su prosperidad no me llamaba la atención porque asemejaba la prosperidad de mi país: me parecía natural, que así viviera todo el mundo. Llegando desde Bolivia destaca de manera distinta la riqueza relativa de Argentina y Uruguay, con sus amplias clases medias que pueden permitirse el lujo de la cultura. En Bolivia las librerías son más bien papelerías, y los únicos libros en venta tienen propósitos definidos; son útiles iguales que un lápiz o una resma de papel, libros de texto estudiantiles o ediciones de las leyes bolivianas. En los barrios acomodados de Buenos Aires las librerías son casi tan comunes como las dietéticas: está en venta la literatura mundial, en ediciones de buena calidad, con papel grueso y agradable de tocar, como sábanas de fino algodón. Leer por placer es otro tipo de movilidad que nosotros, como ciudadanos del mundo rico, podemos permitirnos; una buena novela ayuda a pasar el tiempo en el vuelo hacia el extranjero.

Vuelvo a Punta del Este en la misma temporada que el año anterior, tarde en la primavera, y me quedo en el mismo departamento por Playa Brava. Después de ver cómo vivir los ricos de otros países latinos, detrás de cercas electrificadas, es irreal ver las casonas uruguayas, que se encuentran indefensas en sus extensiones de césped bien regadas. Se dice acá que las propiedades de los argentinos son fáciles de identificar porque son las únicas cercadas. Los hombres acomodados se parecen al nuevo presidente Luis Lacalle Pou, con su aire de privilegio gozado tranquilamente y su cabello tan fino y suave como un pincel de maquillaje; todos visten de la misma manera, de pantalones de gabardina y blazers de azul marino, una muñeca luciendo un reloj de marca. La nueva Torre de Trump sigue en construcción en Playa Brava, los números de los pisos aún expuestos como las paletas en una subasta; a un lado un cartel muestra una foto de Eric Trump, hijo del presidente yanqui, vestido del mismo uniforme, intentando decidir entre el campo de golf y el club náutico. Conocí este tipo de hombre en mi propio país – mi padre fue uno – donde los ricos comparten los mismos gustos. Su preferencia por camisas de azul cielo llevadas a la tintorería y céspedes sin fin es una afinidad tan fuerte que borra las diferencias de idioma y geografía. Estos hombres quieren lucirse como exitosos, acomodados, con buen gusto, pero no como individuos; como individuos quieren esconderse entre sus pares, quieren comprobar que encajen en su entorno, temen que pagar a tiempo las cuotas del club no sea suficiente para lograrlo. Es extraño encontrarme en su mundo exclusivo y empresarial, en una tranquilidad que sale tan cara.

El año anterior mis únicos vecinos en la playa eran los horneros que habían construido su nido en el alféizar de al lado. Al llegar por segunda vez los encontré desalojados, por obstruir la vista del mar o quizás la osadía de establecerse en propiedad privada. El barro ha dejado su marca no obstante, una sombra permanente en al alféizar, la silueta del horno echado. Los horneros, decididos a quedarse en la zona, han construido otro en un árbol frente del edificio. En Punta Ballena, a unos doce kilómetros de Punta del Este, otro hornero construyó su nido: el artista uruguayo Carlos Páez Vilaró. En los acantilados negros de la punta Páez Vilaró levantó Casapueblo, un edificio que era a la vez su taller de artista y, con una lógica capitalista muy apropiada en Punta de Este, un hotel de lujo. El complejo blanco expresa a escala grande el humor alegre del artista, como una torta de boda con ningún pensamiento de simetría, todo arcos irregulares y torrecillas extrañas. Páez Vilaró me recuerda al artista australiano Ken Done, si Done idolatrara a Picasso en lugar de Matisse. Ambos artistas emplean los símbolos de sus países – Páez Vilaró el tango y el sol amigable de la bandera uruguaya, Done las playas y los yates de Sídney – para crear una iconografía a la vez personal y nacional. Sus obras tienen una energía exuberante y una completa falta de culpa si a veces sean cursis. Son artistas agradables, sin pretensiones. Se nota la influencia del arte africano en las personas que pueblan las obras de Páez Vilaró: como las de Picasso tienen las caras como máscaras y los cuerpos cuadrados y fuertes. Pero el uruguayo no tenía pensado ningún proyecto de vanguardia: daba esos rasgos a las estatuas chicas y encantadoras esparcidas por su museo, vecinas de los gatos que duermen dónde quieren, en los balcones y exhibidores. De algún modo su dinero no le provocaba en Páez Vilaró la timidez conformista de sus socios acomodados; ponía en libertad su imaginación y su carácter juguetón, le permitía otra manera de expresarse como artista. Casapueblo se encontraba en una tradición americana de casas idiosincrásicas, como las de Pablo Neruda en Chile, el Castillo de la Glorieta en Sucre o el Castillo Pittamiglio en Montevideo; pero mientras esos edificios hoy en día existen en una condición purgatoria como museos, el genio empresarial de Páez Vilaró ha mantenido viva su creación inmobiliaria. Sigue habitada por los huéspedes del hotel, las personas y su plata moviéndose por sus cuartos como la sangre por un cuerpo vivo, disfrutando del lujo de la cultura. Al salir del complejo vi un hornero más levantar una estructura improbable en Punta Ballena; la ave construyó su nido encima de la señal que da la bienvenida a los turistas que visitan Casapueblo, un huésped sin pagar. Alisó los muros del horno con su pico, otro escultor, uno que solo necesitaba barro y una superficie lisa para empezar su trabajo.