Me senté frente a la lustradora de botas en la plaza arbolada de Tupiza; ella me comentó el estado polvoriento de mis botas. Era también la vendedora de diarios, y cuando le dije que yo había caminado solo hacia el Cañón del Inca, a unos siete kilómetros del pueblo, ella me brindaba las noticias de varios senderistas extranjeros que se habían muerto en el paisaje alrededor de Tupiza. Habló con el deleite que los australianos reservan para historias de una serpiente encontrada inesperadamente en el baño, una expresión de nuestro orgullo extraño de vivir en lugares donde sobran los peligros. Ella dilató sobre los detalles de la muerte de una alemana en la Puerta del Diablo, una formación de piedra cerca del cañón – sus pertenencias abandonadas en la habitación de su hostal, la mancha oscura de su sangre en la arena roja – mientras su compañera le escuchaba con los escalofríos placenteros que provoquen un buen cuento de terror. El cadáver de la alemana permanecía en la Puerta del Diablo por un mes sin descubrir; sin amigas para ayudarle o dar la alarma, ella se había muerto sola de inanición. La caminata no me había parecido muy solitaria – salí un domingo muy temprano, y los tupiceños ya se habían metido sus coches en el lecho de la quebrada para lavarlos en el río – ni peligrosa. El único momento tenso fue al toparme con una jauría de perros que vivía en el botadero del pueblo; avanzaron hacia el intruso humano con los colmillos expuestos, pero caminando lento los dejé atrás sin incidente. Yo podía ver cómo alguien podría perderse en aquello paisaje: caminaba hacia el cañón por un llano de grava gris, y mis pasos no parecían llevarme más cerca de sus acantilados rojizos. Pero las rocas engañosas no me daban ansiedad: su manera de mantenerse distantes, a la vez visibles e inalcanzables, me parecía una especie de juego. El paisaje rocoso estaba lleno de vida: cardones, árboles hirviendo con abejas y pares de torcazas andando tranquilas por la grava. Visto desde cerca el cañón retenía su aspecto juguetón: un laberinto cuyos muros no eran superficies simples de piedra, sino olas que encerraban vallecitos y abrían de repente para revelar la ruta serpenteante entre los acantilados; un ejército pequeño de columnas puntiagudas, llamadas «los machos» por los tupiceños, vigilaba el lugar. Alguien estaba acampando donde se había muerto la alemana; su carpa con la entrada bien abrochada era montada al abrigo de la Puerto del Diablo.

Una vez en el cañón estaba solo y me quité la camiseta; quería sentir el sol fuerte dominical en mi espalda. A la vuelta me pasó una caravana de coches; cada chofer frenó al pasarme y abrió su ventanilla para saludarme de manera sardónica, burlándose del extranjero descamisado. Me ha llevado un tiempo aprender a ser foráneo, a ser otro, a ser gringo, pero mi altura, mi piel clara y mis titubeos con el idioma no me dejan otra opción. Soy llamativo, ineludiblemente, un canguro rubio que habla un castellano lento de la aula. Poco a poco he aprendido a no considerarme natural, a estar fuera de lugar, a aceptar que en la mirada de muchos mi presencia acá sea cómica. Esa sonrisa irónica que me recibe en tantas interacciones con desconocidos se muestra también en la palabra gringo: no solo define alguien como ajeno, se burla de su diferencia. La muerte de la alemana se convertía tan rápido en una leyenda entretenida porque no tiene sentido salir a caminar sola por un paisaje inhóspito, por puro placer: ilustra las costumbres raras de extranjeros, que tienen vidas tan cómodas que se imponen sus propios calvarios como esparcimiento. A los choferes yo les parecía otro ejemplo, solo entre las rocas, mi piel rosa tan indefensa como la de un recién nacido, descamisado en un país donde uno no se quita la ropa. Y tuve que darles la razón: mi presencia allá era bastante improbable, en ese contexto yo era extraño, llamativo, quizás ridículo. No me arruinó la mañana en ese hermoso lugar, aunque me puse de nuevo la camiseta; seguía caminando, riéndome de la imagen del canguro encontrado en el Cañón del Inca, tan absorto en el paisaje que había olvidado que era una especie introducida.