Rosario. Llegamos al puerto a las tres de la mañana con un retraso de siete horas porque el agua del río había descendido… anduve paseando por la ciudad hasta las siete. Comercio, balances, presupuestos, saldos, inversiones, crédito, inventarios, cuentas, neto, bruto, sólo eso, eso es lo único, toda la ciudad vive bajo el signo de la contabilidad. Lo pedestre de América, la América gorda.

Así opina el autor polaco Witold Gombrowicz sobre Rosario en su Diario argentino; una caminata de unas horas por la ciudad dormida le bastaba para decidir en su contra. Estuvo de vuelta desde Corrientes, rumbo a su habitual Buenos Aires, y su barco hizo una parada breve en la otra ciudad porteña de Argentina. Sus impresiones solo podrían ser pasajeras, más bien un vistazo que una vista, pero eso no le impedía formar una opinión definitiva. Así es el ojo del viajero; percibe unos detalles sobresalientes y los convierte en un veloz retrato. A veces sus impresiones tienen una frescura inalcanzable a ojos más habituados a la vista, pero a la vez es muy probable que se equivoquen, que elijan banalidades, que en lugar de un retrato esbocen una caricatura. Después de vivir en Rosario, me avergoncé al leer el veredicto de Gombrowicz, por ser tan injusto y simplista, pero también porque me di cuenta cuántas veces yo he juzgado un lugar a la ligera.

Me hizo pensar en otro libro de un europeo de paso en la Argentina; En Patagonia, de Bruce Chatwin, también en forma de diario o bitácora de viaje. Chatwin pasaba unos meses en el país, Gombrowicz veinticuatro años, pero ningún de los dos dejaba de ver con ese ojo ajeno, o abandonaba su bagaje cultural europeo. Ambos autores sacaban sentido del contraste entre Argentina y Europa, y hasta cierto punto sus proyectos intelectuales determinaban sus percepciones. En el caso de Gombrowicz ese proyecto era su obsesión con la juventud; Argentina le parecía un país joven, una idea imbuida con su deseo sexual, apenas ocultado, por los muchachos de las villas y los jóvenes intelectuales con quien le gustaba pasar el tiempo. Por Chatwin (cuyos descripciones de los hombres de Patagonia también exhalan deseo) la idea organizadora era la lejanía de Europa: lo que le llamaba la atención en Argentina eran los pobres intentos de los colonizadores europeos de recrear sus culturas nativas en el clima severo del sur. En ambos casos sus preconcepciones agudizaban su visión y a la vez se interponían entre los escritores y la realidad que intentaban describir.

Como yo en 2020, varado en Rosario por la pandemia, Gombrowicz pasaba más tiempo en Argentina que tenía planeado debida a una intervención dramática de historia. El polaco llegó a Argentina en 1939 de visita, unas semanas antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, y se quedó hasta 1963, cuando una beca le permitió volver a Europa. En su Diario anotaba sus delirios en el paisaje argentino, quizás una expresión de su desplazamiento existencial: quedaba casi ciego por el resplandor del sol en la estancia de un amigo; su viaje por el Paraná le parecía infinito, el río y sus orillas sin puntos de referencia, y el escritor, perdido en el tiempo, mantenía la cordura por el medio de repetir obsesivamente el verbo navegar. A veces me identifico con sus experiencias: su soledad en un Mar de Plata abandonado y asaltado por el viento se parecía la mía en Punta del Este en la primavera de 2018, casi la única persona entre las casonas vacías. Sus intentos de salvar los escarabajos que se caían patas arriba en las dunas – para él se volvía un dilema filosófico cuando no podía salvar todos – me recordaba mi intento equivocado y impotente de ayudar un lobo marino en Cabo Polonio. La intensidad de sus percepciones acerca a la histeria; a veces Gombrowicz se parece un topo europeo, deslumbrado al encontrarse por primera vez con la naturaleza.

Hay un fuerte contraste entre estos momentos que le dejaban desnudo, sin defensas, y su baja opinión de la elite cultural argentina. Como autor europeo Gombrowicz tuvo una invitación a cenar con Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, pero su compañía no le agradaba. Esta historia se repite a lo largo del Diario; al llegar a una nueva región del país, Gombrowicz buscaba los escritores destacados de la zona, solo para quejarse de su timidez y falta de originalidad. Casi compulsivamente, el polaco encontraba una manera de ofenderlos con alguna declaración controvertida. Sus esfuerzos de forjar una identidad argentina le parecían una pobre copia del nacionalismo europeo, sus ideas de segunda mano. Incluso a la hora de definirse como argentinos, ellos le parecían perdidos, siempre comparándose con los modelos ajenos, paralizados por autoconciencia:

El arte es ante todo un problema de amor; si queremos conocer la verdadera posición del artista debemos preguntar: ¿de qué está enamorado? Para mí era evidente que ellos no estaban enamorados de nada o de nadie y si lo estaban el ambiente era el de Londres, París, Nueva York, o, en fin, de un folklore bastante esquemático e inocuo… la corrección del arte argentino, su aire de alumno aplicado, su buena educación eran testimonio de impotencia frente a su propia realidad. Prefería gaffes, equivocaciones, hasta suciedad, pero creadoras.

A Gombrowicz le caían mejor el rough trade de Retiro (él protestaba, demasiado, que su interés en los muchachos no fuera sexual) y los jóvenes intelectuales de Tandil y Santiago del Estero. Ellos hablaban más francamente, sin la finura de sus mayores; aún seguían sus instintos con naturalidad. El proceso de maduración le parecía más un deterioro que un desarrollo; al madurar las personas perdían el don de afrontar a la realidad sin miedo. Por supuesto, no era el primer europeo que veía este continente (o Australia) como «nuevo» o «joven»; no era el primero que buscaba rejuvenecerse aquí. Su obsesión con la juventud era en parte un luto por la suya; hay un momento revelador en el Diario cuando Gombrowicz se vio en el espejo y reconoció su envejecimiento, el deterioro de su buen aspecto. Nuestros territorios solo son jóvenes si nos limitamos a sus historias europeas. (Para él la presencia más fuerte de los pueblos originarios en Santiago del Estero era perturbadora.) Percibía muy nítidamente las limitaciones de un país apurado a autodefinirse, pero a la vez su perspectiva imponía patrones europeos, se caía en otras trampas intelectuales.

* * *

Antes de llegar Gombrowicz apenas había pensado en Argentina: sus años en el país eran la irrupción en su vida de una tierra no solo desconocida sino también irrelevante. Se quedaba por pura casualidad; por eso su aire de un alma deambulando sin rumbo ni propósito. El caso de Bruce Chatwin era distinto: desde niño el escritor inglés había soñado con el sur y llegó a Argentina con una misión ya firme. Un pariente suyo, un marinero, había pasado su vejez en la Patagonia chilena y desde allá mandó a Inglaterra los restos de un animal prehistórico. Los abuelos de Chatwin guardaban un pedazo de su piel en una vitrina; para el niño se volvía un talismán que le transportaba hacia el fin del mundo. Años después Chatwin llegó a Argentina listo para emprender este viaje en realidad.

Estaba saliendo del centro para la periferia; el significado de Patagonia quedaba en su lejanía del mundo civilizado. Mientras viajaba al sur – por bus, haciendo dedo, a veces a pie – la distancia se desenrollaba en él como una cinta métrica. No sufría los vaivenes del polaco, varado en el país por un periodo indefinido: Chatwin nunca tenía pensado quedarse (está de acuerdo con la inglesa quien le dice a cerca de Patagonia, «Es hermoso, pero no querría regresar») y viajaba hacia un destino claro. La prosa de En Patagonia comparte la certeza de su autor: vuela como una flecha sobre el territorio, segura de su meta. En eso Chatwin era el heredero de todos los ingleses que llegaron a Argentina en el siglo diecinueve para construir la infraestructura del joven país, una exitosa conquista económica después de los fracasadas invasiones militares de 1806 y 1807. La presencia de estos empresarios le daba a la cultura argentina su influencia inglesa, más pronunciada que en otros países latinos – el gusto de los elites por los clubes sociales, por el rugby y el polo, por las meriendas por las tardes – pero a diferencia de la zona litoral, donde esta influencia era absorbida, entre otras, por la nueva cultura cosmopolita, las comunidades y los estancieros aislados del sur no se fundían con el país que habían elegido colonizar. Sus hogares eran pequeños museos a la Europa que ellos seguían pensando como su verdadera patria. Eso encajaba perfectamente con las ideas de Chatwin, su concepto de Patagonia como lejos, y esbozaba una serie de retratos de europeos patéticos, varados en el paisaje sombrío del fin del mundo.

La certeza de Chatwin – su confianza en su mirada y su capacidad de comprender todo en un solo vistazo – es también una herencia inglesa. Es la mirada de un pueblo acostumbrado, una vez llegado a un territorio por ellos desconocido, a analizar rápido el terreno para después sacar el mayor provecho. Hay algo poco simpática en esta confianza, y una violencia en la manera que Chatwin elige unos detalles de cada persona para retratarla – sus muebles, su manera de vestirse, el estado de sus dientes – con la insinuación que esos detalles sean todo, que esas personas sean tan limitadas que no haya más para conocer. Su prosa es tan aguda y elegante como los alfileres que fijan las mariposas en una colección, matando sus sujetos para hacerlos encajar en su manera de ver:

El inquilino de la Estancia Paso Roballos era un canario de Tenerife. Se sentaba en una cocina de color rosa, donde un reloj negro marcaba las horas y su esposa comía mermelada de ruibarbo indiferentemente. La casa era todo pasaje y salas desocupadas. En la sala copos de dorado se caía de un diván al piso. La plomería optimista de hace cincuenta años se había derrumbado y tenía olor a amoníaco.

Es una certeza que pretende saber todo, que les roba a sus sujetos una humanidad más amplia para simplificarlos, para crear una atmosfera deprimente y halagar al autor y sus lectores como hombres del mundo. Es una perspectiva que se acerca al mundo solo para negarle importancia; quiere hacer el mundo más chico, robarlo sus sorpresas. Chatwin va domesticando el sur salvaje de sus sueños infantiles. El británico encuentra otra manera de hacerlo en poner Patagonia en el contexto de referentes culturales conocidos por su público anglosajón. Dedica varios capítulos a los bandidos estadounidenses Butch Cassidy y Sundance Kid, de moda en los 70 gracias a la película de Robert Redford y Paul Newman; los bandidos vivían por unos años en Patagonia, lejos de las autoridades norteamericanas, y Chatwin persigue las leyendas sobre su época como estancieros, sus robos y sus posibles muertes en la zona. Identifica la travesía del barco inglés Desire en el siglo dieciséis como la inspiración por «The Rime of the Ancient Mariner», el poema famoso de Samuel Coleridge; la travesía de Magallanes como la inspiración por La tempestad de Shakespeare. A veces Chatwin se esfuerza demasiado en enarbolar estas teorías personales; algunos párrafos se pierden en un laberinto de etimología y lecturas esotéricas.

Cuando Chatwin llega a Ushuaia algo cambia en su prosa. Chatwin narra la experiencia del hombre yagan nombrado Jemmy Button por los ingleses desde su perspectiva, intentando evocar la manera que su pueblo fueguino moldeaba su forma de ser. Button fue secuestrado por Robert FitzRoy en su barco el Beagle y llevado a Inglaterra para su «formación»; conoció a Charles Darwin en la segunda travesía del Beagle, cuando Button abandonó los ingleses para volver a su pueblo. Es chocante leer la opinión racista de Darwin sobre la comunidad de su compañero de viaje:

… se caía en ese error común de los naturalistas: maravillarse ante la perfección intricada de otras criaturas y retirarse con repugnancia de la miseria humana… Desdeñaba sus canoas; desdeñaba su lengua («apenas merece ser llamada articulada») y confesaba que apenas podría hacerle creer que fueran «prójimos y habitantes del mismo mundo».

El fundamento racista de su pensamiento queda claro: Darwin veía a si mismo como el fruto del proceso de evolución, mejor adaptado al mundo que los pueblos originarios que los argentinos andaban aniquilando en esa época. Chatwin lee el diccionario del idioma yagan recopilado por el evangelista inglés Thomas Bridges en el siglo diecinueve y encuentra, casi por primera vez en América del Sur, algo que puede admirar sin reservas. La lengua indígena construye realidad de manera distinta de la europea, a partir de un conocimiento intimo del paisaje. En el capítulo sobre este idioma Chatwin se vuelve un escritor más generoso, y su escritura toma prestada alguna de la belleza de las palabras y los conceptos yaganes:

¿Cómo pensar un pueblo que definía «monotonía» como «una ausencia de amigos»? ¿O, para «depresión», empleaba la palabra que describía la etapa vulnerable en el ciclo estacional de un cangrejo, cuando ha mudado su antiguo caparazón y espera hasta que el nuevo crezca?

Es Darwin, con su falta de curiosidad y su comodidad con genocidio, que parece primitivo al lado de esta realidad convertida en poesía. La belleza de la cultura es ensombrecida por su extinción; Chatwin visita unos de los últimos descendientes de Jemmy Button, y detalla las masacres y epidemias que diezmaban su comunidad. Su modo de ver el mundo supervive entre las tapas del diccionario. Esta parte del libro echa una luz distinta sobre la aspereza de Chatwin con los europeos que reemplazaban a los yaganes. Chatwin llega al destino con que había soñado en Inglaterra: visita la casa de su pariente Charley Milward en Punta Arenas y encuentra un pedazo de piel del milodón para reemplazar el pedazo, perdido hace años, en la vitrina de sus abuelos. Pero lo que más me queda de mi lectura es esa sección breve, de solo unos capítulos, sobre una cultura que no veía Patagonia como lejos ni miraba hacia otro lado para definirse. Habitaba el paisaje con los sentidos despiertos; usaba los elementos de su naturaleza para construir su realidad. Quizás le pareciera al autor la parte más valiosa también: su otro libro famoso, The Songlines, es sobre la cultura oral de los pueblos originarios de Australia.

* * *

A veces al conocer un lugar más íntimamente te das cuenta que tus primeras impresiones fueron más ciertas que supiste, la vista general enriquecida por los detalles. Mi primera estadía en Rosario fue solo por un fin de semana, pero bastaba para percibir una semejanza fuerte con Buenos Aires. Ahora he estado en la ciudad por seis meses, y entiendo mejor cómo Rosario siguió el patrón de la capital: los frigoríficos en el sur, como los mataderos de Riachuelo; los barrios populares en la misma zona; el centro en un codo del Paraná aguas arriba; en el norte las casonas de barrio Alberdi, como las de San Isidro, con sus plátanos de sombra y acceso fácil al río. Hasta los 1990 la semblanza era incluso más pronunciada: los parques del centro que da acceso al río era la zona industrial del puerto, y para acercarte al agua se tenía que ir a la costanera del norte. Sus habitantes suelen describir Rosario como una ciudad joven; un retoño de la capital que brotaba a 300 kilómetros de distancia. A veces la actitud de los rosarinos frente a Buenos Aires es un deseo de emularla: como la gente a que le gustaría llamarse porteños porque su ciudad es también un puerto, o los que firmaban la petición exigiendo un local de Starbucks como símbolo de modernidad. Otros rosarinos miran la capital federal de reojo; les caracterizan a los porteños como «particulares»; se declaran contentos estar fuera del caos, gozando de una vida más simple. Yo la prefiero a Buenos Aires por su tamaño, su amabilidad, y sobre todo su conexión con el paisaje. Es una ciudad marrón, de tierra; los edificios parecen ser construidos del barro del río, como los nidos de los horneros. Quizás si Gombrowicz hubiera esperado hasta el amanecer habría llegado a una opinión distinta.