Los últimos meses me han dejado claro cuán poco yo realmente entiendo mis sentimientos en el momento pasajero que los siento. Me he llevado con calma la cuarentena y la repentina transformación del mundo, pero cada vez que el gobierno flexibiliza las medidas y puedo salir de la casa más a menudo me siento tan aliviado que me doy cuenta que en realidad no he estado tranquilo sino rígido con una ansiedad que yo no podía permitirme reconocer. Me sorprende cuando esta tensión sale de mi cuerpo, como una respiración he aguantado sin darme cuenta. Ahora hay menos que temer en salir a la calle, menos que temer en la proximidad a otros humanos. Como en la mayoría del país, hay muy pocos nuevos contagios acá en Rosario, y los fines de semana ya está permitido salir a caminar.

Estuve aquí por primera vez en 2018, para la marcha de orgullo gay, y vi una ciudad concurrida, viva, no solamente por la ruta atestada de la marcha sino por el río, tan importante en la vida rosarina como el río en Montevideo. Había muchedumbres en los parques por la orilla y en las playas de las islas, adonde los rosarinos remaban en kayaks para tomar el sol de octubre. Esta vez las calles de la ciudad han estado casi desiertas; con el paro de los choferes ni siquiera hay el ruido de los colectivos. A veces me ponía más solitario salir a hacer las compras y estar el único ser humano en los cañones del centro, sus fachadas escondiendo miles de personas encerradas.

El domingo por la tarde Bulevar Oroño y los parques por el Paraná estaban concurridos de nuevo, y me uní con la muchedumbre. Fue el último día de otoño; hacía frío pero brillaba el sol, y el día me parecía ambos un fin y un principio, el invierno de repente llevando otro significado – de repente una temporada de nuevas posibilidades, de vida renovada. Había un cierto recelo en las expresiones de los peatones, o podría ser que todos nuestros ojos parecieran así encima de nuestros barbijos. Intenté poner una sonrisa reconfortante en mis ojos, mas tal vez los míos también parecían aturdidos, recelosos de desconocidos. Los perritos eran más expresivos, caminando con cuidado entre los gigantes, no acostumbrados a tanta gente, desconfiando incluso el suelo. Paré un rato para mirar el Paraná y reflexionar sobre los otros problemas que siguen en el fondo: el dengue que ha infectado a más santafesinos este año que el coronavirus; el río tan bajo que los barcos encallan; los incendios en las islas que llenaban Rosario con humo la semana pasada; el momento feo que está viviendo Buenos Aires. Mis ansiedades sobre la pandemia habían retrocedido suficientemente que ahora podía albergar otras. Pero la luna ya estaba visible en un cielo nuevamente azul, y un barco avanzaba contracorriente, su proa creando una cresta de agua espesa y marrón; la belleza allí me daba un umbral donde podía pararme, respirar y esperar las nuevas perspectivas de mañana.