Los últimos meses me han presentado una serie de umbrales, y al cruzarlos veo de manera distinta las etapas anteriores; a menudo no entiendo bien mis sentimientos en el momento pasajero que los siento. Solo tenía pensado quedarme una semana en Rosario, rumbo a Córdoba, pero llegué a la ciudad ribereña dos días antes de la cuarentena dispuesta por el gobierno argentino para contener el coronavirus y esa semana ya se ha convertido en meses. Después de un año y medio de movimiento constante, el mundo se encogió de golpe; ir al supermercado se volvió un viaje, una salida estresante de la seguridad de mi departamento. He llevado con relativa calma la cuarentena y la súbita transformación del mundo, pero cada vez que el gobierno flexibilice las medidas y esté permitido salir de la casa más seguido me siento tan aliviado que me queda claro que en realidad no he estado tranquilo sino rígido con una ansiedad que antes no podía permitirme reconocer. Me sorprende cuando esta tensión sale de mi cuerpo, como una respiración que he aguantado sin darme cuenta. Ahora hay menos que temer en salir a la calle, menos que temer en la proximidad a otros humanos. Como en la mayoría del país fuera de la capital, hay muy pocos nuevos contagios acá en Rosario, y los fines de semana se puede salir a caminar.

Estuve aquí por primera vez en 2018, para la marcha de orgullo gay, y vi una ciudad concurrida, viva, no solamente en la ruta atestada de la marcha sino por el Paraná también. El río es tan primordial en la vida rosarina como el Río de la Plata en Montevideo; en la primavera del año 2018 había muchedumbres en los parques por la orilla y en las playas de las islas, adonde los rosarinos remaban en kayaks para tomar el sol de octubre. En ese entonces no sospechaba la importancia que la ciudad llegaría a tener en mi vida, que se volvería mi hogar en este año extrañísimo. En los últimos meses las calles de la ciudad han estado casi desiertas; con el paro de los choferes ni siquiera hay el ruido de los colectivos. La densidad del centro me salva de una soledad total; me he familiarizado con las costumbres de mis vecinos, que salen a sus balcones para colgar la ropa o a sus azoteas por las tardes para tomar mate en familia. Aún así salir a hacer las compras me hace sentir solitario, al sentirme el único ser humano en los cañones del centro, sus fachadas escondiendo miles de personas encerradas. En las tiendas hablo trabajosamente, esforzándome por recordar cómo ser una persona; al regresar a mi casa me ducho inmediatamente, intentando fregar todo rastro del mundo contagioso de mi piel.

El domingo todo el mundo salió de sus casas para gozar de algún esparcimiento; Bulevar Oroño y los parques por el Paraná estaban concurridos de nuevo, y me uní con la muchedumbre. Fue el último día de otoño; hacía frío pero brillaba el sol, y el día me parecía ambos un fin y un principio, el invierno de repente llevando otro significado – de repente una temporada de nuevas posibilidades, de vida renovada. Había un cierto recelo en las expresiones de los peatones; tal vez mis ojos también se mostraran precavidos encima de mi barbijo. En los primeros días de la cuarentena unos vecinos asustados me denunciaron a las autoridades simplemente por ser extranjero y de vez en cuando un desconocido aún me mira con una antipatía abierta, cualquier ajeno siendo tan sospechoso como el virus mismo. He intentado adaptarme, hacerme menos llamativo, guardar mi ropa brillante en el placard; de repente mi lugar aquí parece vulnerable, y como un bicho he adoptado los colores del árbol en que me encuentro, para pasar inadvertido. En el parque intentaba poner una sonrisa reconfortante en mis ojos aturdidos, para asegurar a todos los demás que yo no fuera una amenaza. Incluso los perritos regresaban al mundo con cautela: caminaban con cuidado entre los gigantes, desacostumbrados a tanta gente, desconfiando del suelo. El mundo más amplio en el otro lado del umbral nos parecía extraño, a la vez liberador y demasiado grande: era muy fácil perderse en el cielo enorme sobre el río.

Paré un rato para mirar el Paraná y reflexionar sobre los otros problemas que siguen en el fondo: el dengue que hasta la fecha ha infectado a más santafesinos que el coronavirus; el río que está tan bajo que los barcos encallan; los incendios en las islas que llenaban Rosario con humo la semana pasada; el momento feo que está viviendo Buenos Aires. Mis ansiedades sobre la pandemia habían retrocedido suficientemente que ahora podía albergar otras. Pero la luna ya estaba visible en un cielo nuevamente azul, y un barco avanzaba contracorriente, su proa creando una cresta de agua espesa y marrón; la belleza allí me daba un umbral donde podía pararme, respirar y esperar las nuevas perspectivas de mañana.