La pandemia nos permite ver otro lado de cosas que dimos por hecho. A veces la sensación es de ver el mundo más claramente, como ver la cara en la luz despiadada de un nuevo ascensor; a veces parece más una inversión del orden antiguo, los placeres de ayer volviéndose focos de ansiedad. Las medidas de aislamiento son una intensificación de la experiencia cotidiana de vivir en cualquier ciudad grande, donde aprendemos a ignorar a todos los demás para poder tolerar un lugar tan densamente poblado, donde aprendemos a actuar como las piezas distintas de una máquina. A la vez la emoción de las aglomeraciones urbanas cosmopolitas, donde se reúnen culturas, ideas y personas de todas las partes, de repente se vuelve un sentimiento de vulnerabilidad. El virus podría llegar desde cualquier lado; llega con los aviones y sale con los micros. Las fronteras cierran; lo ajeno es sospechoso. La fragmentación social se vuelve total, cada individuo en su caja, la soledad un calvario y un lujo que los pobres no pueden permitirse. El movimiento entre lugares cesa; cada ciudad, provincia y país se convierta en un estado soberano, dependiendo de las condiciones locales, como círculos concéntricos de aislamiento.

No es la primera vez que la sociedad argentina ha padecido una epidemia tan drástica; en 1871 un brote de fiebre amarilla en Buenos Aires mató a casi diez por ciento de la población porteña, y cambió para siempre su geografía y organización. El coronavirus llegó al país con argentinos adinerados volviendo de viajes a Italia y España; la fiebre amarilla llegó con vapores desde Brasil y los soldados argentinos regresando de la guerra fratricida contra Paraguay. La reacción de las autoridades de esa época fue muy distinta a la decisión rápida de Alberto Fernández de imponer al país una cuarentena obligatoria; los gobernantes suprimieron las noticias de los primeros casos y ignoraban las advertencias de los médicos. El Carnaval, en ese entonces un evento tan importante en el calendario porteño como el actual de Montevideo, sucedió sin restricciones. Cuando los contagios empezaron a acelerar, el presidente y los porteños ricos huyeron de la ciudad. Sin adónde huir, los pobres de los barrios del sur – inmigrantes italianos recién llegados a Argentina, a menudo sin dominio del castellano y hacinados en conventillos – sufrieron más que los pudientes. Algo parecido está pasando ahora con el coronavirus en la ciudad, los nuevos contagios concentrándose cada vez más en las villas miserias. Aún no se entendía que la fiebre amarilla es transmitida por mosquitos y las autoridades solían culpar a los italianos por la epidemia, por las condiciones precarias en que tenían que vivir: muchos eran desalojados y sus pertenencias quemadas sin proporcionarles otras viviendas. Catorce mil de personas murieron en un período de seis meses, una cifra incluso más escalofriante en una ciudad de menos de 200,000 personas.

Después de la epidemia los porteños ricos abandonaron sus casonas en San Telmo y se trasladaron a Recoleta, a Palermo y Belgrano, un distanciamiento social de los barrios populares del sur que persiste hasta el día de hoy. En los años siguientes eran instalados sistemas de agua corriente y cloacas, y los nuevos barrios era planificados con más árboles y espacios verdes, para permitir a los ciudadanos una vida más sana. La forma y la organización de la ciudad moderna eran consecuencias directas de la fiebre amarilla. Pero en un país que ama tanto erigir monumentos a generales y guerras son muy escasos los monumentos a la epidemia de 1871; es como si la experiencia hubiera sido enterrada con los muertos en las fosas comunes del Cementerio del Oeste. Quizás sea porque es difícil de encontrar a protagonistas en esa enfermedad; no importan sus cualidades personales si un mosquito se posa en el brazo. (La cuadra famosa de Juan Manuel Blanes, Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires, encuentra sus héroes en dos médicos.) Quizás sea porque la experiencia de estar enfermo es como perderse en un olvido de síntomas, de que solo los afortunados emergen; la memoria se queda atrás, en el delirio. Quizás sea la superstición humana sobre cualquier enfermedad, el instinto innato de evitarla; si después no se pronuncia su nombre, la enfermedad no va a volver. Pese a los cambios muy concretos que provocó en la ciudad, la epidemia tiene una cierta invisibilidad, y me pregunto si, cuando se encuentre una vacuna, el mismo va a pasar con el coronavirus.

Una epidemia cambió el rumbo de la historia australiana también. (En realidad era una serie de epidemias, como la fiebre amarilla en Buenos Aires, que en 1871 ya había amenazado la ciudad tres veces.) En nuestro caso la enfermedad era viruela; los primeros colonos ingleses la llevaron en 1788, en un frasco, para inocular a los hijos de los presos. Pero no eran los prisioneros ingleses y sus carceleros que se enfermaron, sino los pueblos originarios de la región de Sídney: sin resistencia a la enfermedad europea, hasta el setenta por ciento de la población murieron. Los nativos resistían la usurpación de sus mejores tierras y pesquerías por los ingleses; es posible que las autoridades coloniales, mal armadas y muy lejos del metrópoli, decidieron infectarles a propósito. Esta epidemia también es muy poco conmemorada, por motivos distintos. Los ingleses consideraban a los pueblos originarios como infrahumanos, y la viruela no les parecía una tragedia que padecían otras personas sino un cambio en el ambiente, una fluctuación en la población de una especie animal. Su colonización de Australia dependía de un concepto legal se llamaba terra nullius – la idea que el continente no tenía habitantes antes de su llegada – y la disminución drástica de las comunidades indígenas daba credibilidad a esta ficción y ayudaba a crear la mitología blanca de un continente vacío, y de un pueblo indígena destinado a extinguirse. En una manera muy concreta la epidemia facilitaba la apropiación de sus tierras por los ingleses y minaba la resistencia nativa; ayudaba a crear la nación de Australia con su base blanca. Pero a los descendientes de los colonos no les gusta ver sus orígenes así, y la epidemia de viruela es casi olvidada. A los motivos para olvidar se puede sumar uno más: la vergüenza.

Ya la luz sin piedad de la pandemia de coronavirus ha revelado problemas ya existentes en nuestras sociedades y ha minado la inevitabilidad aparente de sus estructuras. Podemos ver más que antes, y desde una perspectiva distinta. Cualquier que sean los cambios que provoque, cualquier que sean las soluciones encontradas y los nuevos problemas inesperados, será interesante ver si nos acordamos de su causa o si la olvidamos, prefiriendo gozar del lujo inconsciente de buena salud.