Dormí mal y me desperté con la piel delgada, los nervios expuestos. Sin embargo ese fue mi único día en Barra de Valizas, y quería caminar hacia Cabo Polonio a través del parque nacional. El parque se muestra verde en el mapa, pero en realidad es un pequeño desierto en medio de la costa uruguaya de pinos, palmares y chacras agradables, un paisaje de médanos y rocas. Era una caminata de diez kilómetros siguiendo la costa. Un arroyo separaba el pueblo de Barra de Valizas de la arena, y un barco me transportó a la otra orilla, donde se congregaban las gaviotas, manteniendo una distancia prudente de la actividad humana. Yo seguía la costa, mirando el movimiento de la arena. El viento suavizaba las crestas de los médanos con una niebla fina de polvo; los granos se levantaban sobre las playas, formando columnas como de humo que iban a morir en el mar. Habitaba en aquel lugar una cantidad sorprendente de vida: grama que juntaba las cuestas de los médanos; grupos pequeños de osteros que se alejaban de mí nerviosamente, echando a volar. Cada cierto tiempo me encontraba con un manantial, una muchedumbre de juncos y flores siguiendo el camino del agua dulce hacia el mar. Incluso hacían su aparición las mariposas; la delicadeza de sus alas naranjas era como una alucinación en este ambiente severo.

Por la ruta hay un pequeño monte llamado Cerro de la Buena Vista; desde la cima se puede ver los pueblos de Barra de Valizas y Cabo Polonio y todo el paisaje alrededor. Empecé a subirlo, y de repente el movimiento de la arena dejó de ser un fenómeno que yo podía contemplar tranquilamente. El viento golpeaba mi cara y mis piernas con puñados ásperos de arena y robaba unas veces mi sombrero. Descansaba un rato bajo la sombra estrecha de una roca; en este paisaje expuesto era casi imposible huir del sol. Las migas amarillas de mi alfajor se fundían con la arena y sentía arenillas en la boca. La experiencia había empezado a parecerme un calvario e intentaba concentrarme en el ejemplo de las rocas, su persistencia contra las fuerzas del viento, el sol y la arena caliente avanzando en olas. Era un alivio bajar una vez más, a un prado de juncos y gramas donde el viento no era tan fuerte, el suelo se tornaba más firme y una pareja de golondrinas volaba en círculos sobre mí, sin miedo del humano que irrumpía en su entorno.

Al acercarse a Cabo Polonio hay una playa larga de esas que parecen infinitas; el faro siempre visible a lo lejos pero jamás aproximándose, un destino inasible que se burlaba de mí. Había un lobo marino acostado en la playa y supuse que ya estaba muerto; existen varias colonias de lobos marinos en la costa atlántica y es bastante común que los débiles, faltándoles fuerzas para resistir a las olas, busquen un descanso en las playas que se vuelve eterno. Mas este lobo, un macho enorme, seguía vivo; se levantó, movió una aleta como si fuera a saludarme y subió un poco más sobre la orilla, alejándose cada vez más allá del agua. Parecía estar tomando el sol, pero en realidad había llegado al fin de sus capacidades, a ese momento cuando todo lo que se quiere es descansar. Yo seguía caminando, contra un viento otra vez fuerte, pensando en mis propios limites; la sal había nublado mis lentes y en mi visión el mundo perdía sus rasgos distintos. El mar olivo, la arena blanca y el cielo todo se fundía en una vista gris. Qué fácil sería, pensaba – pasando otros lobos marinos, esta vez bien muertos – qué fácil sería acostarme y no levantarme jamás. El sol, las olas y el viento abastecerían todo el movimiento que precisa este paisaje. De repente estar solo con la naturaleza tenía otro significado.

Pero llegué al fin a Cabo Polonio, un asentamiento extraño de chozas estilo hippie, esparcidas como madera a la deriva en los médanos alrededor del faro antiguo. La playa empezaba a estar más poblada. Una chica rubia y yo pasamos al mismo tiempo junto a un lobo marino pequeño; luchaba a mantenerse en pie en los bajos, abriendo y cerrando la boca débilmente. Ella me pidió ayudarle a cuidar al animal. Las olas en aquel lugar estaban muy violentas; ella conocía un lugar en el otro lado del Cabo donde el mar era más tranquilo. Quizás el pobrecito lograría nadar desde allí. Ella llevaba un costal lleno de lo que parecía basura; sacó de él una sábana blanca para envolverlo. Juntos logramos fajar al lobito y lo recogí.

Al principio lo llevaba muy delante de mí en un solo brazo, pero el lobo era pesado y pronto empecé a llevarlo en ambos brazos, apoyado en mi barriga. Con la cabeza cubierta la criatura estaba tranquila, pero cuando la sábana se caía de su cara la cabeza giraba en el cuello largo. Yo estaba impactado con la responsabilidad súbita, con nuestra proximidad física, su cuerpo mojado empapando mi ropa a través de la sábana. Una vez me mordió el pecho ligeramente, como si quisiera que le alimentara; un agujero de la nariz estaba lleno de mocos gruesos, exactamente como un niño humano. Yo registraba intensamente sus rasgos físicos, los dientes delgados, las espinas en las aletas; muy rápidamente, por casualidad, la vida me había forzado a cuidar y preocuparme por este lobo específico, de todos los lobos marinos esparcidos por la costa.

La chica rubia tenía que trabajar y le pidió a una compañera en su hostal acompañarme al lugar tranquilo. Cuando llegamos al faro ella fue a pedir el asesoramiento del guardia; me senté con el lobo en el césped. Una familia pasó en camino a las rocas donde los turistas fotografiaban los lobos marinos y me preguntó sobre el lobito. «Se llama naturaleza», dijo el padre sorbiendo su mate, y aunque tenía razón yo odiaba su autocomplacencia humana. Quizás hay una diferencia entre las culturas: a un australiano le parece muy natural ayudar a un animal en apuros (quizás porque chocamos a tantos con nuestros coches) pero la actitud uruguaya parece ser más indiferente. El guardia nos dijo que nos habíamos equivocado en mover al bebé: a veces sus madres los dejan por la costa y vuelven por ellos más tarde. Ahora, tal vez, su madre no podría encontrarle. La posibilidad de que hubiera reducido sus probabilidades de sobrevivir me llenaba de horror y culpa. Sin embargo, era obvio también que al guardia no le importaba la vida de un solo lobo marino; su argumento me parecía muy conveniente para él, porque no le exigía ningún esfuerzo. Ya había observado bastantes cuerpos de crías de foca por la playa para dudar de las oportunidades del lobito allí. Cualquier procedimiento nuestro lo abandonaría a una suerte incierta.

Discutí con la segunda chica el plan a seguir: decidimos dejar al lobito en una pequeña cala protegida, donde las rocas disminuían la fuerza de las olas. Brevemente el lobo intentó nadar y de nuevo se paraba en los bajos, indeciso y agotado. ¡Qué hermosos fueron esos momentos cuando se movió en el agua con gracia y propósito!; eran un vistazo de otra vida en que no había perdido aun a su madre o sus fuerzas. La chica estaba lista para continuar su día; para ella sí era un asunto de la naturaleza y había otras maneras, como su dieta vegetariana, para demostrar su preocupación por los animales. Caminé con ella a un restaurante cercano, donde quise comprar un pescado para darle al lobo. Me lo negaron diciendo que los lobos marinos no comen pescados ya muertos. Ya había visto lobos marinos esperando los sobrantes en el mercado de pescado en Punta del Este; me parecía que la gente aquí, en Cabo Polonio, obtenía algo de satisfacción de la muerte probable del lobito. Les confirmaba su entendimiento de como funciona el mundo y su puesto dominante en él, supervivientes humanos no susceptibles a las fuerzas naturales. «Mira», parecían pensar, «hemos construido un pueblo en medio de los médanos».

Encontré una roca abandonada y me senté a llorar por mi inutilidad, por mi culpa, por mi torpe y equivocado instinto de ayudar que posiblemente solo había aislado más al lobo marino. Me había parecido obvio que, si se puede ayudar, se debe ayudar, pero tal vez no era tan simple. Un poco antes había estado casi listo para acostarme en la arena y morir; si mi propia vida no me parecía tan importante, ¿por qué me preocupaba tanto la supervivencia o muerte de esta criatura, que sí era parte del ritmo natural de la costa? Estaba enfadado con la chica rubia por involucrarme, por robarme de mi indiferencia. Ahora la vida del lobito parecía mi responsabilidad; sentía un amor inútil por él, por algo que no era mi lugar querer, un amor que no ayudaba a nadie, que quizás solamente lastimaba a su objeto. Aún sentía su peso en los brazos.

Fui a verlo una vez más. El lobito había subido a una roca en el agua y se paraba allí, aún indeciso pero ahora con una pequeña altura. No podía hacer más por él. Le pedí perdón, giré, y salí lo más rápido posible de ese pueblo que emplea la silueta de un lobo marino como logotipo, con la esperanza de que la distancia borrara mi sentimiento culpable de responsabilidad.