La belleza del paisaje alrededor del lago Titicaca me recordaba la belleza australiana, la semejanza solo intensificada por la presencia de bosques de eucaliptos plantados en los cerros. Para un ojo anglosajón, enseñado a encontrarla en campos verdes, la belleza más austera de estos paisajes le exige un ajuste de visión, la voluntad de expandir sus definiciones. Al mirar los colores atentamente se notaba mucha variación en los amarillos, marrones y grises; con la presencia del lago en el fondo los colores metálicos contrastaban con el zafiro del agua. Había momentos inesperados de ternura – como los eucaliptos jóvenes entre los árboles maduros, sus ramas aún flexibles, sus hojas de un verde fresco y pálido – y de alegría, como la bandada de pajaritos amarillos y negros revoloteando entre la hierba y un tendido eléctrico. El tiempo cambiaba rápido; el granizo seguido por cielos azules, una brisa súbita en la tarde soleada susurrando un rumor de la noche fría por venir.

Hice una excursión de dieciocho kilómetros, desde Yampupata hacia Copacabana y mientras caminaba por los campos, aldeas y bosques al lado del lago me preguntaba como el paisaje boliviano sería diferente como un excolonia inglesa. Habría más cercas; allí los únicos limites eran la geometría de los campos con sus cultivos distintos, y las pocas casas con muros parecían un esfuerzo extraño encerrarse en un mundo abierto. El ganado de las haciendas australianas es organizado en grandes rebaños de reses u ovejas; por el lago cada familia tenía un rebaño pequeño de animales variados, amarrados uno junto al otro en los campos abiertos, los cerdos pastando con las vacas.

La única mancha en la belleza allí eran las botellas plásticas y envolturas arrojadas en todos lados, por las calles, en los campos, al lado de las casas y incluso en los lugares sagrados, como si sus dueños no les importaran. En un excolonia inglesa habría menos basura. Pero los campesinos bolivianos parecían tener una intimidad con la tierra que los australianos no pueden aproximarse atravesándola en sus motos, camiones y tractores: una intimidad literal, física, las parejas trabajando la tierra a mano, las mujeres sentándose en el suelo para lavar la ropa y hacer otras tareas.

Veía similitudes también en el modo de vida: las plantas ornamentales al lado de las casas de adobe, un cerezo o rosal solitario para dar color y perfume a los patios; la gente quien me saludaba cuando me pasaba en sus vehículos, levantándome la mano en la saluda universal del campo.

Pero la ocupación humana de la tierra solo deja una marca ligera, incluso cuando los humanos la labran, como las terrazas que corrugan los cerros de Isla de Sol: dado la oportunidad, los árboles invasores no tardarían mucho en cubrirlas. Somos inquilinos, no dueños, y las culturas sabias reconocen el poder del paisaje que habitan. Por la caminata había unos santuarios cristianos que obviamente derivaba su poder de un acantilado o unas rocas imponentes en sus alrededores; una Virgen había sido instalada para dar un sello cristiano a la adoración del paisaje. Este era otra gran diferencia entre los ingleses y españoles: los ingleses no tenían suficiente entendimiento de las culturas indígenas incluso para adaptarlas a sus propios propósitos coloniales, o conectar su versión de espiritualidad con sus nuevas tierras. Hay una continuidad por el lago a pesar de las formas distintas de adorar; la tierra y el agua perduran, y son sagradas.