En El laberinto de soledad, Octavio Paz cita a una amiga mexicana; ella vive en California y reflexiona sobre la grieta entre idiomas, la manera que las palabras de distintas lenguas parecen cambiar las cosas que nombran. En Estados Unidos incluso los pájaros y plantas conocidos de su tierra natal le parecen extraños porque ahora llevan nombres ingleses:

«Aquí hasta los pájaros hablan en inglés. ¿Cómo quieres que me gusten las flores si no conozco su nombre verdadero, su nombre inglés, un nombre que se ha fundido ya a los colores y a los pétalos, un nombre que ya es la cosa misma? Si yo digo bugambilia, tú piensas en las que has visto en tu pueblo, trepando un fresno, moradas y litúrgicas, o sobre un muro, cierta tarde, bajo una luz plateada. Y la bugambilia forma parte de tu ser, es una parte de tu cultura, es eso que recuerdas después de haber olvidado. Esto es muy hermoso, pero no es mío, porque lo que dicen el ciruelo y los eucaliptus no lo dicen para mí, ni a mí lo dicen».

Esta grieta me choca de manera distinta: cuando encuentro en estas tierras acacias, eucaliptos y limpiabotellas, los árboles no aceptan sus nombres castellanos; se quedan tercamente wattles, gums y bottlebrushes. Conozco sus nombres en castellano, pero esos nombres no tocan su esencia, que me parece tan ligada con el paisaje australiano, el paisaje de dónde son. No es que sean tan distintas de cualquier otra especie de planta, pero porque son íntimas mías, parte de mí, me cuesta pensarlas de manera distinta. Los nombres tienen un poder especial de definición, más que verbos o adjetivos o frases: son máscaras que se funden con las caras que las llevan.

En las afueras de San Miguel de Allende hay un jardín botánico se llama el Charco del Ingenio, operado por voluntarios. Hice un tour con un grupo de estadounidense e ingleses; nuestro guía Michael era un jubilado australiano. El tour era en inglés: el idioma y la composición del grupo no eran sorprendentes en un pueblo tan colonizado por extranjeros ricos. Al caminar por el jardín mi experiencia con los eucaliptos americanos se repetía, pero al revés: las plantas, como la cochinilla, que ya había conocido por sus nombres españoles no aceptaban los nombres ingleses que Michael les daba. Se mantenían apartadas, indiferentes, como niños aún esperando sus nombres mientras su profesor pasa lista.

En un caso los nombres en castellano y inglés evocaban conceptos completamente distintos de la misma planta. Yo había comido con gusto el nopal, un tipo de cactus que, sus espinas quitadas, es un cultivo muy importante en México; no me di cuenta que este mismo nopal es el infame prickly pear de Australia, una maleza tan agresiva que los agricultores australianos introducían al país la polilla de nopal (el cactoblastis moth) para erradicarla. Hoy en día la polilla, introducida por el mismo motivo a varias islas caribeñas, está avanzado hacia México, presentando una amenaza a las cosechas mexicanas. Era difícil reconciliar las dos identidades de la misma planta, el alimento básico y la mala hierba (o las dos de la polilla, la salvadora de los cultivos y su destructora). Era como descubrir que un nuevo amigo era, de hecho, miembro de una familia enemiga.

Quizás sea solo una cuestión de contexto. Michael, su piel clara refugiada debajo del ala ancha de su sombrero, con su conocimiento detallado del jardín y sus animales habitantes, y sus bromas repetidas («Esta es una especie exótica», nos dijo cada vez que un alguien rebasó al grupo en el sendero), no podría haber sido más típicamente australiano. Pero ahora vive en México, en un pueblo que lleva la versión castellana de su nombre; y más tarde, hablándome de su última visita a Australia, describió nuestra ciudad natal como un plato de malas ostras en el food court de una tienda departamental. Había aprendido a amar un paisaje nuevo y ahora trabaja para protegerlo.

Aún estoy pensando cómo llamar al ser distinto que ya yo soy, en América, en español. A veces pienso en presentarme como Juan, pero la versión castellana de mi nombre no me llama, no me parece mía. La combinación de letras en John no tiene sentido en castellano; por eso casi todo el mundo escribe mi nombre con la h muda antes de la o. Eso me gusta más; el nombre Jhon preserva los cambios bruscos que suceden cuando una cultura asimila a otra, el nombre literalmente reorganizado. Al mi parecer expresa una cierta torpeza también, la torpeza del foráneo en un entorno para él desconocido, y el sentido que su asimilación es solo parcial. No pretende ser natural ni autóctono; lleva como tatuajes las cicatrices dejadas por su transformación. Me siento como otra persona aquí, otra persona cuando hablo español; ¿esa persona se llama Jhon?