7 de noviembre

Kentuckis, de Samanta Schweblin, es la novela de moda ahora mismo en Buenos Aires; Schweblin aparece en los diarios y hasta carteleras. Los kentuckis son aparatos imaginarios, una combinación entre Furbies y Tamagotchi: peluches sobre ruedas, con una cámara y un micrófono. La gente compra estos peluches sabiendo que un desconocido podrá ver sus casas y sus vidas privadas; otro gente compra los códigos para controlar los peluches, para moverlos y mirar a través de sus cámaras. Al principio, la historia parece una parábola sencilla, como un episodio de Espejo Negro, sobre la tecnología y su impacto en privacidad, pero con cada capítulo el libro se vuelve más complejo. La historia es contada desde perspectivas múltiples, las de personas de muchas partes del mundo, las de los dueños de los peluches y sus observadores. Cada relación – entre humano y peluche, entre personas observadas y su audiencia, y hasta entre kentucki y kentucki – es muy distinta. La tecnología conecta los personajes con otras vidas, aun si eso contacto a veces es espantoso o doloroso. Los peluches llegan a parecer, no espías ominosas u omniscientes, sino criaturas frágiles, casi vivas, su movimiento limitado por sus ruedas, siempre consciente de las vidas de sus baterías. Cada peluche tiene una conexión con uno solo observador; si la batería se agota, la conexión es perdida para siempre, y el kentucki se muere sin un controlador para moverlo. Las relaciones y su medio son muy contingentes y frágiles, y este libro maravilloso hace que se importa mucho sobre sus destinos.

Punta-del-Este-Uruguay-playa-mar-cielo

8 de noviembre

Punta del Este tiene una curiosa cualidad provisional: es una ciudad burguesa de la playa como Viña del Mar en Chile, pero porque el viento del Atlántico es tan fuerte y frío es solamente popular en enero, durante las vacaciones de verano. Estuve en Viña del Mar en el invierno, y todavía había gente y actividad; aquí, es la primavera tarde – hoy es casi 30 grados – y aún la mayoría de los restaurantes y tiendas están cerrados. El único movimiento alrededor de las casas lujosas es eso de los jardineros y empleados de mantenimiento, y en el las grandes torres de apartamentos por la noche hay una o dos ventanas con las luces encendidas. Es hermoso y un poco solitario, lo que solamente afila la belleza. Blackheath es un pueblo turístico también, pero las temporadas concurridas son una intensificación de la vida habitual allí, no su único motivo para existencia. Todo aquí espera sus dueños, como mascotas fieles, y a veces me siento como la única persona en la costa.

Casapueblo-Vilaró-esculturas-Punta-del-Este-Uruguay

10 de noviembre

El sábado visité Casapueblo, un hotel que también era la casa y taller de un artista se llamaba Carlos Páez Vilaró. Vilaró, quien murió en 2014, era como Ken Done si Done idolatrara Picasso en lugar de Matisse. Vilaró empleaba símbolos nacionales como el sol amigable en la bandera uruguaya, como Done emplea Puerto de Sídney; los dos tienen una energía exuberante, y una falta completa de culpa si sus obras recaen en kitsch. La gente de Vilaró tiene caras como máscaras y cuerpos desgarbados y fuertes, como los de Picasso, pero el artista uruguayo empleaba esos rasgos en las estatuas pequeñas y graciosas que están a través del hotel y museo. Él amaba los gatos también, y ellos duermen donde se quieren, en los balcones y exhibidores del museo, y les piden comida de los comensales en el restaurante. El edificio expresa esta sensibilidad divertida; está situado en los acantilados de Punta Ballena, como una torta de boda con ningún pensamiento de simetría, todo arcos irregulares y torrecillas extrañas, su glaseado blanco mezclando con el cielo nublado. Pero mi parte favorita del día era después, cuando yo caminaba hacia Punta Ballena. La luz gris resaltaba el contraste entre los colores sombríos: la grava rosada al lado de la calle, la hierba con sus estrellitas de amarilla y púrpura, y los acantilados negros. Pensé que era raro que Vilaró construyó su palacio caprichoso en un sitio tan severo. Pero suya no era la única casa improbable. Un hornero, un pájaro muy común aquí, estaba construyendo su nido de barro sobre la señal nos dando la bienvenida a Casapueblo, alisando las paredes de su horno con su pico, otro escultor. Y debajo de la calle estaba una casa de piedra – las piedras de los acantilados – con un techo azul y un anuncio ofreciendo agua caliente a los pescadores, para su mate. Yo admiraba la ingenuidad de todos esos vecinos distintos.

Punta-del-Este-playa-plantas

14 de noviembre

Punta del Este no es un lugar salvaje, pero hay mucha naturaleza y hasta violencia. Unos de los puntos de referencia aquí es Isla de Lobos, con su faro delgado; es una colonia grande de lobos marinos en el Atlántico opuesto de Playa Brava, y caminando por la playa se encuentra los cuerpos de los lobos marinos sin suficiente fuerza para sobrevivir las olas. Encontré uno con su cuerpo intacto pero su cráneo completamente pelado; un buitre se sentaba en otro, y echó a volar cuando me acerqué, con dificultad, como un viejo se levantado desde una silla. Las casas lujosas con sus céspedes anchos son un paraíso para los pájaros más pequeños – los horneros, arañeros, cotorras, teros y ratoneras – que cazan insectos en los arbustos y la hierba. Cuando ellos salen sus ramas y se zambullen en una brisa, parece una acción de pura alegría, pero cada movimiento tiene propósito; los horneros vuelven a su horno en la ventana de mi vecino con algo vivo en sus picos. El mar también es vivo, y cambia mucho. No es zafiro como el Pacífico en Valparaíso; el agua aquí no es tan profundo, y la arena visible debajo da al mar una cualidad deslumbradora y metálica. El color es más plateado que azul. En los días nublosos, el mar casi se funde con el cielo, y en los días neblinosos, es difícil percibir donde la tierra concluye y el océano empieza.

Pittamiglio-castillo-Montevideo-Uruguay

18 de noviembre

En la Rambla de Montevideo, en la orilla del río, hay un castillo, el sinsentido del arquitecto Humberto Pittamiglio. Él era un hombre muy exitoso, y diseñaba muchos de los edificios públicos aquí; empleaba su riqueza para construir un hogar muy excéntrico, lleno de los simboles ocultas. Era soltero, y había muchos rumores sobre él – que él practicaba las ciencias ocultas y caminaba por la noche por la Rambla, llevando una capa roja. He visitado varias casas idiosincrásicas en América del Sur – las casas de Neruda en Chile, y Casapueblo en Punta del Este – y parecía ser una cosa común en el siglo pasado, que la riqueza ponía en libertad la imaginación y carácter juguetón de sus dueños, y les permitía expresar sus personalidades con ladrillos y madera. Para mí parece un buen uso de su plata, dejar detrás algo singular. Pittamiglio nunca completó su castillo, a propósito, por que para a él su edificio estaba vivo siempre y cuando seguía en construcción. Hoy en día el castillo está rodeado por torres de apartamentos, como la casa de Stuart Little, y cuando visité por la tarde el templo del sol era un lugar de sombras. Pero los vecinos altos solamente aumentan el sentido de privacidad en este edificio extraño y mágico.

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Museo-Nacional-Artes-Visuales-Montevideo-Uruguay-estatua-niña-ventana

Si Chile es el país de poetas, parece que Uruguay es el país de pintores, con muchos museos dedicados a artistas individuales. El Museo Nacional de Artes Visuales los combina; las obras son excelentes, y la exposición actual de curador Pablo Uribe les muestra con un carácter juguetón que denota ambos gran confianza cultural y una falta saludable de respeto por el canon. Un paisaje de Ernesto Roche está mostrado con rectángulos de sus colores constituyentes, como muestras de pintura, un recordatorio que el trabajo de un pintor es, en un nivel, la combinación simple de colores. Dos autorretratos comparten una esquina, y la obra de Petrona Viera, con sus planos simples de color y la mirada directa de la artista, hacen parecer a su vecino, Carlos María Herrera, quisquilloso y presumido, con su bigote elaborado y sus pinceladas cremosas. Figura de joven, la estatua de bronce de Bernabé Michelena, una mujer joven pisando adelante con una expresión solemne, como una participante en una marcha, está reproducido a través del museo, mirando a una pared con otra copia en el otro lado, o a través de una ventana hacia la calle afuera, quizás con el anhelo huir el mundo del arte.

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Hay un momento por la tarde, tarde en la tarde,
cuando el río se vuelve azul
y la ciudad vacía puebla la orilla
y un frío espera en el césped,
todos congregados
por el momento por la tarde, tarde en la tarde,
cuando el agua es más oscura que el cielo
y los termos no conservan nada tibio
y el frío espera en el césped.

Pablo-Suárez-escultura-MALBA-Buenos-Aires

8 de diciembre

La exhibición de las obras de Pablo Suárez en MALBA cuenta una historia interesante sobre el artista, una que parece relacionada a su sexualidad. La exhibición empieza con imágenes monstruosas de mujeres, cuya misoginia es solo parcialmente mitigada por la energía y fuerza de sus sujetos. Esas obras son seguidas por imágenes de hombres desnudos, con una energía muy sexual también – sus vergas grandes son como tótems – pero sin odio distorsionando. (Las mujeres desaparecen de las obras posteriores.) Después de los hombres hay una serie de bodegones con superficies perfectas, plantas de interior con un sentido de quietud socavado por la manera las sombras separan de las plantas. Entonces los hombres vuelven, pero esta vez son distorsionados como las mujeres, figuras flacuchas y patéticas, bromas cósmicas visto con un sentido de humor cruel. Ellos se aferran al exterior de un tren o un balcón, los ojos sobresaliendo en una parodia de terror, los labios y culos sobresaliendo en una parodia de sexualidad. La división entre los bodegones y las imágenes extravagantes de sexualidad me recuerdo a Robert Mapplethorpe, pero la mirada de él no contenía tanta repulsión; el impulso de Mapplethorpe era hacer todo hermoso. La visión dispéptica de Suárez me parece muy interesante – la combinación de deseo y asco – hasta cuando me parece fea también.

San-Antonio-de-Areco-Argentina-edificio-antiguo

21 de diciembre

Hay algunos lugares en América del Sur que me recuerdan tan fuertemente de lugares australianos que tengo que hacer un esfuerzo recordar donde estoy. Viña del Mar, en Chile, fue uno; allí se podría estar en Manly o Tweed Heads. San Antonio de Areco, dos horas de distancia desde Buenos Aires, es otro. Con su quietud, la luz amarilla de Nueva Gales del Sur y un paisaje urbano que no ha cambiado en ciento años, San Antonio podría ser Millthorpe o Rylstone o Gulgong o los otros pueblitos explorábamos cuando vivíamos en las Montañas Azules. Y como Euroa, Benalla y Wangaratta, San Antonio es un pueblo del río, llano y verde y propenso a las inundaciones. El pueblo celebra la cultura gaucho que, como la cultura ganadera en Australia, es muy masculina, centrada alrededor del ganado, las ovejas y un hombre solitario en su caballo. Toda comida consiste de carne y patatas, como si mi padre hubiera escrito la carta, como un libro de recetas de Margaret Fulton. La cotorras – los loros aquí, con vientres blancos, y lomos y alas verdes brillantes – viven en una colonia en los eucaliptos al lado del río, en grandes nidos redondos, como cestos; como los loros australianos, ellos roban la fruta de toda huerta del pueblo. Pero entonces las diferencias se cuelan, los colores sobre todo: la cantidad del agua en todo, la riqueza de la tierra, la vida intensa de los verdes, el azul diferente del cielo contra esos marrones y verdes. En Australia, la naturaleza es un sobreviviente resistente; aquí la naturaleza medra, con una fecundidad relejada. San Antonio tiene una influencia española fuerte también; los naranjos en las calles, y el ritmo de la siesta. El pueblo entero se cierra entre mediodía y las cinco, para almorzar y buscar sombras frescas; su hora pico llega al atardecer, las tiendas abiertas otra vez, los pájaros tejiendo nuevas cestos en el cielo. San Antonio y los pueblos australianos son como historias alternativas, o los resultados de un experimento con unas pocas variables diferentes – el ambiente, el origen de los colonos – pero el mismo objetivo colonial.