Cada cultura expresa su fascinación con la muerte en una manera distinta. En Australia se encuentra en nuestra relación ambivalente con la naturaleza que pueda volverse de repente tan hostil; en los Estados Unidos en el puesto privilegiado de las armas. En Uruguay se expresa en la importancia de la carne. Como la comida de mi país, la comida uruguaya es muy simple, el producto de una cultura ganadera; carne cocinada sobre un asado de madera. Mas el gusto por la carne aquí es distinto: en Australia el asado es una herencia de la indiferencia inglesa sobre la cocina, la manera más simple de cocinar la carne, pero acá es más una cuestión de identidad, y el goce sensual de cada parte del cuerpo de la vaca. Cuando el cuchillo del ganadero entra el cuello del animal no solo derrama su sangre sino alivia una tensión más general, satisface la necesidad humana de alguna violencia. El hombre tradicional vestía la piel de los vencidos como un guerrero; hasta cierto punto él se volvía el ganado cuando consumía su fuerza vital. La carne llega a la mesa en porciones grandes en que aún se puede ver el cuerpo vivo del animal, los huesos que una vez le ayudaba a mover. Viene con los riñones, las mollejas y morcillas; es economía (nada es despilfarrada), una expresión de plenitud (mira tanto hay) y una manera mantener presente la muerte que defina una cultura, de presentarla como un retablo. La Nochebuena toda la ciudad se llenaba con el humo de los asados familiares, cada uno con su propio lechón.

Fray Bentos es una ciudad en el Río Uruguay, que forma la frontera occidental con Argentina. Unos kilómetros río abajo hay la fuente de su auge en los siglos IXX y XX: un enorme matadero y fábrica de extracto de carne y corned beef, hoy conocido como el Anglo. Como Cadbury con su fábrica de chocolate afuera de Hobart, los dueños del Anglo construían un pueblo entero para sus obreros en sus alrededores: trabajar allí significaba entrar un universo, vivir en una casa construida por la compañía, mandar a tus hijos a su escuela, socializar en su club deportivo. Ahora es un sitio reconocido por UNESCO como un resto bien preservado de la época industrial.

La ciudad aún tiene orgullo en la fama mundial de los productos del Anglo, y la manera que la conectaba con el extranjero. La fábrica atraía a obreros de decenas de países, y alimentaba a los soldados en la Primera Guerra Mundial. (En el museo del sitio hay parte de un tanque llamado Fray Bentos por los soldados ingleses, por su semejanza a una lata de extracto de carne.) Su historia refleja la historia mundial en otras maneras también. Los dueños originales eran alemanes; el método que convertía la carne en gelatina fue la invención de Justus von Liebig, un químico alemán, quien nunca fue a Uruguay pero dio su nombre a la fábrica. Con el brote de la Guerra Mundial la fábrica cambió de dueños, y la influencia inglesa, que había sido más fuerte en Uruguay que en otros países latinos desde hace las invasiones ingleses en el siglo IXX, tomaba la forma concreta de los nuevos dueños de la fábrica y su pueblo, ahora con un nuevo nombre. El Barrio Anglo no se parece la ciudad de Fray Bentos: en lugar de las calles rectas y las cuadras de casas construidas todas juntas del asentamiento latino hay cabañas al estilo ingles detrás de jardines pequeños, en calles estrechas y serpenteantes. Era un mundo dedicado a la producción de ese producto tan ingles, el corned beef, incorporado al castellano local como una frase entera.

En medio de campos ganaderos, con el río dando acceso a los puertos del Río de la Plata, Fray Bentos era el sitio perfecto para esta empresa. La fábrica era además la cumplimento de la obsesión uruguaya con la carne, adaptada a la época industrial. Mas visitar la fábrica era una experiencia inquietante: es un lugar donde la cantidad de muertes que ocurrían ha dejado una huella en la forma de un silencio profundo. Yo había visitado la chacra de un amigo uruguayo la semana anterior y le ayudé a arrear su ganado: su indisposición de seguir los ordenes humanos no me parecía estúpida sino un recelo justificado, tal vez una sabiduría heredada. La llegada de humanos no significaba nada bueno para ellos; solo un movimiento forzado con gritos y palos. El matadero era el fin de ese recorrido. Mas en el Anglo el ganado no era entregado a otros humanos sino a un proceso industrial. Antes de alimentar a personas las vacas alimentaban una serie de máquinas.

La carne era cocinada como una sopa y después se evaporaba lentamente en tanques enormes hasta que se volvía el extracto de carne – el equivalente de 24 kilógramos de carne en una sola lata. Hay algo inquietante sobre esta transformación: el ganado ni retenía su integridad corporal. En el museo del sitio hay un frasco de formaldehído que contiene un becerro con dos cabezas, brotando del mismo cuello como dos flores: las cabezas flotan en el líquido perlado, una mutación preservada. La actitud científica está presente por todas partes, el ganado solo un ingrediente para manipular, una sustancia química en un laboratorio. Esto muestra la influencia alemana y inglesa, muy diferente a la tradición uruguaya. (La misma influencia encerraba los campos uruguayos, antes abiertos, con cercas, para mantener la pureza de las razas de vacuno.) Los uruguayos nunca negaban la existencia del ganado como seres vivos y la violencia de la matanza; su tradición encontraba sentido y balanza en la muerte de su animal representativo.

Esta industrialización de la muerte hizo posible otras variaciones del mismo proceso, otras máquinas de matanza: los soldados no pudieron haber muerto en cantidades tan grandes en las trincheras de la Primera Guerra Mundial sin comer productos como el extracto de carne. (El papel de Australia en ese conflicto era distinto: abastecíamos los seres vivos a la empresa inglesa, vaciando nuestros pueblos como corrales abandonados.) El museo expresa orgullo en haber participado en los acontecimientos históricos: parte del proceso de globalización es que nadie puede evitar estas relaciones de causa y efecto, pero el logro del Anglo me parece ambivalente.

La visita guiada culmina en un tour de la playa de matanzas. Allí la semejanza es a los campos de concentración. Las vacas acercaban a sus muertes a través de un baño de pies y una ducha final, y subían una rampa hacía una sala escrupulosamente limpia (había un baño de pies para los obreros también en la entrada), con paredes cubiertas en tejas blancas, llena de luz, donde equipos de obreros las mataban y dividía sus cuerpos en pedazos útiles. El horror del lugar consiste en la racionalidad calmada de su organización, y el sometimiento de cuerpos vivos a un proceso impersonal, reducidos a unidades. Mi cámara empezó a fallar, corriendo entre todos sus ajustes, y su rechazo a tomar fotos del matadero reflejaba mi incapacidad de absorber los detalles de su funcionamiento, mi rehuir instintivo del lugar.

Pero el Anglo quería decir otra historia sobre si mismo: nuestra guía enfatizó las historias de gente salvada de hambruna por el extracto de carne; la manera que la inmigración de obreros convertía Fray Bentos en una ciudad cosmopolita; los vínculos de casi todos sus habitantes con la fábrica. En el museo hay un mural de Ricardo Ríos Cichero que captura bien la complejidad de ese lugar extraño: la salida de productos, la llegada de personas, la muerte en su corazón. El buen humor aparente del mural pronto revela otra cara más inquietante: la imagen es llena de figuras en las máscaras animales de Carnaval, y sus rasgos felices, invariables y impersonales podrían ser representaciones de las fuerzas incomprensibles que los empresarios industriales lanzaban en el mundo. Pueden instalarse en cualquier lugar, pero su aparición es especialmente llamativa en Fray Bentos, una ciudad tranquila por un río amplio y marrón, como la aparición súbita de un volcán en sus campos llanos y verdes.