El héroe, la figura dinámica que cambia su sociedad, no existe en Australia. Los equivalentes más cercanos son los deportistas, cuyo heroísmo solo existe en la esfera casi abstracta del partido. Los países latinos por el contrario tienen fe a los héroes como protagonistas de gran movimientos sociales. Antes de las fuerzas implacables de colonialismo y la dominación estadounidense, el héroe ofrece la posibilidad de un papel activo en el mundo; se vuelve el protagonista en un narrativa de resistencia. El peligro es que el gran hombre (usualmente es un hombre) y el movimiento se funden, hasta que el líder no solo lo encabece sino se vuelva su encarnación. Casi un siglo después, el movimiento progresista de Argentina aún lleva el nombre de General Perón, y es habitual aquí convertir los políticos en sustantivos: kirchnerismo, macrismo. El individual y la idea se vuelven sinónimos en una manera que da poder al líder, la palabra convertida en carne. De esta confusión proviene el lado oscuro del héroe: su potencial autoritaria. A menudo el liberador, al llegar al poder, se convierte en tirano, y no quiere ceder el bastón de mando a nadie. Simón Bolívar y Porfirio Díaz empezaban sus carreras peleando por la independencia de sus países y las terminaban buscando poderes vitalicios como presidentes. Pocos son los hombres, como José de San Martín o Antonio José de Sucre, quienes renunciaron al mando por voluntad propia; generalmente los héroes incorruptos son hombres como Tomás Katari o Miguel Hidalgo quienes murió en las etapas tempranas de sus movimientos, y por eso nunca sufrían las tentaciones de poder. Una ventaja del recelo australiano de salvadores y de nuestra obsesión anglosajona con las normas y la burocracia es que los mecanismos del gobierno tienen su propia existencia, que da continuidad al estado sin importa quién tiene el bastón de mando en cualquiera momento. Incluso los hombres más poderosos australianos solo tienen un papel en un sistema establecido. Por eso no tienen la potencia (a veces creativa) de romper los moldes como pueden los líderes latinoamericanos (la organización de los estados latinos está en un proceso de evolución constante) ni tienen su estatura (a menudo los lideres australianos son muy mediocres además) – pero tampoco tienen su potencial tiránico. A menudo los liberadores latinos no creen en los sistemas que ellos ayudan a crear: creen que son el eje, que la maquina entera no funcionará sin su participación central. Desde hace trece años, Evo Morales ha encabezado un movimiento en Bolivia que ha ampliado la participación política de la mayoría indígena y ha levantado muchas personas de la pobreza. Mas ahora Morales se identifica tanto con su gobierno que cree que es el único digno para liderarlo, y los resultados están debilitando sus logros como presidente y cambiando el significado de sus carrera entera.

Como Australia, Bolivia ha gozado casi dos décadas de prosperidad ininterrumpida gracias a los precios altos de los productos primarios, especialmente los hidrocarbonos; pero a diferencia a Australia, Bolivia ha utilizado la bonanza como una oportunidad redefinir el país. El gobierno australiano les pidió a nuestros pueblos originarios una declaración formal de sus reclamos y deseos: cuando ellos entregaron su «Declaración del corazón» en 2017, pidiendo un puesto formal en la constitución y el parlamento, la nación les ignoró. El primer presidente indígena de Bolivia, Evo Morales personificó un gran avance en el esfuerzo – compartido por los pueblos originarios de tantas excolonias – lograr representación justa en sus propias tierras. La nueva constitución boliviana de 2009 dio reconocimiento oficial a los pueblos originarios y sus idiomas, a devolvió poder administrativo a sus comunidades y las autoridades locales. La wiphala, símbolo de las comunidades andinas, se desplegaba al lado de la bandera boliviana. La constitución también impuso limites en el poder presidencial: no más que dos mandatos consecutivos. La democracia boliviana aún está joven, y el país tiene una historia larga de golpes militares; era importante para la Asamblea Constituyente que el poder no se concentre indefinidamente en manos de cualquier individual. Sin embargo, cuando la constitución, quizás el mayor logro de su mando, chocaba con su deseo mantenerse en el poder, Morales no demoraba en ignorarla. Ya había tenido tres mandatos antes de las elecciones de 2019, con la excusa que el primero era antes la aprobación de la nueva constitución. Pero no satisfizo con eso, y aparentemente no había nadie en su partido, ni un alma, hábil para reemplazarlo como candidato. Pidió el país directamente por el derecho participar como candidato en las próximas elecciones, por un referéndum, y el país lo rechazó. Entonces apareció su cara autoritaria, y su falta de respeto por la voluntad de la ciudadanía. Como un padre tiránico, solo él sabía lo que necesitaba su pueblo infantilizado; solo él podía decidir para ellos. Perdió la oportunidad para criar una nueva generación de lideres y demostrar a su país el respeto de un presidente por la constitución y sus procesos. Ya sea que ganó las elecciones en primera vuelta sin engaños o no – dos auditorías distintas han encontrado irregularidades en el proceso – Morales ha mostrado a su país que para los hombres fuertes, las reglas son una molestia que pueden ignorar.

Con tanta noticia contradictoria, es difícil saber exactamente que pasa en Bolivia. Una interpretación es que, dado las dudas sobre la legitimidad de las elecciones y el masivo rechazo popular, era adecuado que el ejército y la policía dejar de dar respaldo al presidente. Otra es que las protestas les daban a las fuerzas conservadoras la excusa para derrocar a su rival. Pero mi experiencia en Potosí me dio recelo de Morales, su forma de hablar y su aseveración que representa a la gente humilde de su país. Nunca he visto una manifestación tan general y eficaz como el paro allí; la ciudad entera dejaba de funcionar, los ciudadanos vigilando los cruces. Su queja principal era que el gobierno de Morales había vendido las reservas potosinas de litio a una empresa alemana, contra la voluntad del pueblo. Como la gente indígena de las zonas selváticas del país, sus tierras quemadas para desbrozar nuevos campos para la industria agricultora, y como las comunidades indígenas mexicanas debajo del mando de Benito Juárez, sus tierras comunales confiscadas, los potosinos habían descubierto que tener un presidente indígena no garantiza su lealtad a los pueblos originarios. Morales tuvo su cierre de campaña en Potosí como si no existiera un paro, y rechazo acceso al evento a la prensa; dijo que «oponerse a la industrialización del litio es sabotear el desarrollo industrial de Potosí y de nuestra querida Bolivia». El lenguaje de Morales siempre le postula como el único camino adelante, y cualquier oposición como una amenaza contra el progreso y soberanía del país. La realidad tiene que caber en su programa político; utiliza el vocabulario del izquierda no solamente para exponer abusos del poder sino parar justificar cualquier acción suya. Su habilidad con la jerga izquierdista le ha ayudado esta semana, en el momento de su renuncia y exilio; la izquierda internacional, ahora prestando la atención al país, responde casi automáticamente a la repetición de las palabras «golpe fascista», «racistas» y «la opresión, la discriminación y la humillación a los más pobres, a los indígenas». De repente Morales tiene respeto infinito por la constitución, citándola artículo por artículo. Seguramente hay elementos racistas en las protestas, y personas quienes aprovechan el caos por motivos feos. Pero llamar su renuncia un acto del elite – los militares y empresarios – subestima la escala y duración de las manifestaciones populares, tan generales y prolongadas como las de Chile, donde los ciudadanos también rechazan la situación política. Estos movimientos no tienen lideres carismáticos, y quizás es mejor así: no hay héroes para confundir sus propias historias con las historias de sus patrias. Cada persona, cuando se suma a la muchedumbre, se vuelve la protagonista del momento. En Chile, ellos han abierto la posibilidad de una nueva constitución. En Bolivia, con una constitución nueva que el pueblo ayudó a escribir, ellos exigen el funcionamiento transparente y legal del sistema establecido. Eso es más importante que el destino particular de Evo Morales, quien no es un héroe exiliado sino la persona cuyo egoísmo precipitó esta crisis, un desafío que la democracia boliviana tendrá que sobrevivir.