17 de julio

Una cosa mexicana que no me gusta mucho es la música que se oye en tiendas y taxis: los ritmos de bailes europeos y las bandas de vientos quisquillosas y estreñidas. Ni me gusta el estilo de cantar: una intensidad forzada, llena de gemidos y gritos falsos, y voces roncas como emblema de sinceridad. Hay algo acusador en esta sinceridad, especialmente en las canciones tristes de amor – implica un sentido de propiedad, y la posibilidad de violencia. Es un sonido borracho, lleno de lástima por uno mismo. El miércoles fuimos a un bar gay en Puebla; había una noche de karaoke, y en ese contexto yo empezaba a ver otro lado de estas canciones. La presentadora era una hermosa mujer trans con el ingenioso nombre Alexa («Alexa, toca…»). Ella llevaba un vestido negro simple y elegante, y cuando cantaba las baladas alteradas en su voz potente, con un toque de ironía y un cigarrillo en una mano, el público gritando cada palabra con ella, yo podía ver el poder de esa música como una cultura compartida, y como la farsa de la emociones dolorosas puede ser catártica y liberadora. La música country es un equivalente estadounidense, y un hombre norteamericano eligió cantar «Desperado» de The Eagles, mientras le aclamábamos y bebíamos nuestros vasos enorme de cerveza suave.

22 de julio

El auditorio Guelaguetza está encima de la ciudad, una concha blanca y abierta en un cerro verde. En los días de los espectáculos el público sube el cerro por una serie de escaleras, vendedores en ambos lados. Incluso antes de entrar había un ambiente de festejo, la llegada lenta por pie aumentando la anticipación. Yalitza Aparicio, la actriz de la película Roma, estaba allí, y la muchedumbre miraba fijo a la mujer su vida cambió tan dramáticamente: a pesar de toda la atención, ella conservaba un aire de recato. El espectáculo consistía de las danzas de varias comunidades del estado de Oaxaca: originalmente el simbolismo era de sumisión al centro, los ancianos de cada pueblo entregando bastones de mando a Señorita Oaxaca, pero hoy en día es más una celebración de las culturas diversas oaxaqueñas. Los bailes también eran muy diversos: el primero era como un desfile, la gente sosteniendo fuegos artificiales y linternas en formas de soles y nubes. Algunas comunidades presentaban recreaciones de bodas y otros rituales para darnos una imagen de sus costumbres; otras focalizaban más en movimiento y los colores de sus trajes, las faldas brillantes de las mujeres llenando el escenario. Había danzadores en parejas e individuales, como los hombres de Villa de Zaachila con los grandes tocados emplumados de los aztecas o los de Chalcatongo de Hidalgo, cuyas barbas y máscaras blancas ridiculizaban los colonos europeos. La autenticidad no era una ansiedad: uno de los bailes más populares, la Flor de Piña, era creado en los 50 en una comunidad que no contaba con costumbres suficientes pintorescas para el espectáculo. La música nunca paraba: la armonía concluyente de cada canción fluía suavemente hacia la próxima. Al fin de cada presentación los danzadores recogían canastas llenas de regalos para el público y le tiraban desde el escenario, panes, frutas, toallas y abanicos. El espectáculo se volvía un juego de intentar cogerlos. La gente so ponía en pie y saludaba con las manos; una mujer se lanzaba en frente de mi, su hombre se agarrando su cintura. No estábamos un auditorio pasivo, sino participantes golosos en la mañana.

30 de julio

En la Alhóndiga en Guanajuato hay una galería dedicada a las obras de Hermenegildo Bustos. Un pintor sin formación formal, la pintura era solo una de sus actividades: trabajaba también en su huerto como curandero y fabricante de helados y mermeladas. Las obras en la Alhóndiga son mayormente retratos de la sociedad guanajuatense en el siglo 19, y me parecían fascinantes. Son muy pequeños, de formato oval, más recuerdos personales que declaraciones ostentosas. En la paredes de la galería se tiene que acercarse para verlos, creando una intimidad instante. Las personas son uniformemente severas, vestidas en negro; tienen expresiones suspicaces y caras curtidas, atestiguando a vidas duras. Bustos tenía la costumbre de otros pintores «primitivos» de pintar elementos individuales de sus composiciones con una claridad extraña, así que parecen separar del resto de la imagen. Los labios, ojos y narices de Bustos tienen esta claridad, pero es la claridad de una mirada implacable, que veía a sus sujetos sin adulación ni transigencia. La gente en las pinturas parece encogerse bajo esta mirada, en la postura de sobrevivientes. Al principio sus aspectos enjutos me parecían un tipo de denuncia, de vidas sin alegría ni generosidad, como las personas sin sonreír en fotos antiguas. «Sí», pensé, «así era, la vida en la excolonia joven, todo propiedad sin placer». Pero entonces yo pensaba en estas personas como recipientes de retratos tan honestos y rigurosos; Bustos era tan popular que sus obras pueden llenar una galería. Si sus sujetos eran sin alegría, también eran sin espejismos, formidables y listos para ver a ellos mismos como sí eran.

3 de agosto

Dolores Hidalgo es conocido como el lugar donde Miguel Hidalgo lanzó su grito famoso, pero el fin de semana que visitamos la ciudad, había más entusiasmo por otro hijo guanajuatense, José Alfredo Jiménez. Yo no conocí bien al cantante, pero su casa y su tumba son atracciones muy populares en Dolores Hidalgo y decidimos ir. Había una dulzura sobre su culto no he visto en los de otros cantantes – una dulzura que reconoce todos sus defectos como hombre – quizás porque él mostraba sus emociones tan abiertamente en su música, o porque, de origen humilde, él nunca perdió su poder identificarse con el pueblo. La atracción principal del museo (su casa como niño) era un mural grande, irreal en su detalle denso: la cabeza enorme de Jiménez rodeada por otros cantantes, quienes son plantas también en el paisaje norteño alrededor de él, cada sombrero y banderín representando un pueblo o una canción. Caminábamos unos kilómetros por una carretera calurosa para alcanzar su tumba, pero valía la pena: era tan exuberante como el hombre, con un sombrero enorme y un poncho que se despliega en una ola larga de concreto, decorado con un mosaico de rayas arco iris, cada raya también una de sus canciones. Unas personas esperaban a turistas con pilas de sombreros y ponchos para hacer fotos en frente de la tumba, una oportunidad para representar ser mexicano. Una tumba vecina aprovechaba la fama de su vecino para contar la historia de su ocupante con un mural: Virginia Soto Rodríguez, la primera Presidente Municipal femenina en Guanajuato. Con su voz enorme y su intensidad Jiménez me recuerda a Roy Orbison, pero los humores y arreglos de sus canciones tienen más variedad: hay momentos de paz y felicidad además de desamor. Es bonita la manera que los mexicanos honran su corazón abierto.

17 de agosto

Era un fin de semana de agua. El sábado caminé por los lagos de Xalapa, se recogidos en un valle estrecho entre cerros. Hay una tirolina desde una orilla hacia la otra abajo; los niños hacían fila para planear sobre el agua verde. Los más pequeños no pesaban suficientes para completar el viaje, y un empleado tenía que planear desde la otra orilla para rescatarles. Un masajista trabajaba en el sol fuerte de la tarde, sudando mucho; su cliente se sentaba sin camisa en una silla de masaje mientras su familia entera miraba el masaje desde un muro cercano. Los movimientos del masajista eran bastantes violentos, y la familia se reía y gemía a los posturas incómodas como si estuviera mirando una lucha libre. Había galerías de tiro, un hombre con una lancha a control remoto y bolsas baratas de macadamias; era un ambiente encantador. El domingo fui a la cascadas afuera de Xico, un pueblo cerca de Xalapa. Otra vez había un aire de festejo; a lo largo de la calle empedrada había vendedores de licores ofreciendo muestras a los domingueros. Un grupo de personas se bajaban de un autobús: caminaban en fila de a uno por los senderos estrechos hacia la cascadas. En la Cascada de la Monja hacían fila para la roca de fotos, agarrando un letrero con el nombre de la empresa de tour mientras su guía tomaba la foto. Una pareja de jubilados subió la roca con mucho cuidado; la mujer, vestida en rosa, temblaba con el esfuerzo y entonces se paraba en la cima, sonriendo con fragilidad y orgullo tímido. A lo largo de la orilla había gente trepando en rocas; unos hombres valientes nadaban en el agua turbulenta, aún limpia y azul allí en las montañas. En muchas partes de México el agua es muy escasa, tosiendo de la duchas; allí, en las alturas verdes de Veracruz, era distinto, y me ponía feliz estar en un lugar con tanta abundancia.

22 de agosto

Jan Hendrix es un artista holandés quien ha vivido en México desde hace los 70: hay una exposición de sus obras en el MUAC, un museo de arte contemporáneo al sur de la ciudad. Su gran tema como artista es la naturaleza: no una naturaleza salvaje o virgen sino una percibida a través de la tecnología humana. A menudo incluso «la naturaleza» es algo creado por humanos, como el Bosque de Chapultepec, la muchedumbre de plantas de maceta en cada balcón aquí en CDMX, o los cantos de ave tocados por altoparlantes en el metro de Tokio. Hendrix reconoce nuestra fascinación por y alienación de la naturaleza. Sus bosques son hechos de acero; sus vistas bonitas son ensambladas con fotos múltiples; sus grabados son impresos en láminas de oro y papel de lujo asiático. Él no nos deja fingir que podemos contemplar la naturaleza sin cambiarla; quizás, mientras las verdaderas tierras salvajes desaparecen, la versión humana será la única restante. Sus obras son al mismo tiempo hermosas, y revelar la potencial de sus materiales por transformarse: su bosque de acero es un ambiente se puede entrar; las capas de oro y papel dan textura y profundidad a sus grabados; otros, de Oaxaca, se vuelven tapices enormes en paredes verdes. Ayer visité el Museo de Memoria y Tolerancia, que cuenta la historia del Holocausto y otro genocidios. Suspendido en el centro del edificio hay un cubo enorme, cubierto en ramas (de acero) del olivo, también una obra de Hendrix. Adentro hay cientos de corazones de vidrio, colgados en hileras, los corazones de niños perdidos. En ese contexto la naturaleza artificial de Hendrix tiene un impacto distinto: evoca el esfuerzo, después de horror, de recordar, de sobrevivir y reconstruir. Él es un artista impresionante.

29 de agosto

Cuando llego a un nuevo lugar, siempre necesito unos días para quitarme de la influencia del último y empezar a oír el ritmo del nuevo. Volé desde el verano mexicano hacia el invierno aquí en Lima, y mi primer día aquí estaba frío y neblinoso, la atmosfera gris compuesta de niebla, llovizna y contaminación. Tenía ganas de ver el mar, y caminé desde mi apartamento en Miraflores a la costa, solo unas cuadras. Había una alerta de tsunami, y la autopista por la costa estaba cerrada. Isla San Lorenzo estaba media perdida en la niebla, el mar y el cielo se confundían, y los buitres, las aves características de esta ciudad, volaban en círculos sobre todo. Las torres de apartamentos, una locura en un lugar tan propenso a terremotos, están situadas como el dominó en los acantilados, listas para caerse en el mar. La escena tenía una belleza ominosa pero real, una belleza limeña, como el cerro rocoso y calvo al final de la bahía, un recuerdo que estoy en un desierto.