1 de mayo

Realmente no entendí la diversidad de este país hasta que salí de Ciudad de México para Yucatán, con su fuerte presencia maya. El Gran Museo del Mundo Maya en Mérida empieza con la vida contemporánea de los mayas y cuenta su historia al revés: insiste que no es una cultura desaparecida, dejando solo ruinas, sino una viva y vigente. El modo de vida tradicional es más visible en los pueblos pequeños alrededor de los asentimientos españoles. El miércoles visitamos Xocén, un pueblito 15 minutos de distancia de Valladolid. Fuimos muy temprano, para ver los pájaros con un hombre maya se llama Miguel: él sabía todos los pájaros y sus cantos distintos, y cantaba para atraerlos. Más tarde caminamos un rato por el pueblo. El mestizaje cultural era muy interesante: todo el mundo tenía dos casas, una moderna de concreto para guardar las cosas de valor, y otra, más cómoda en este clima, con un techo de paja y paredes de ramas abiertas, dejando espacio para permitir circular el aire. En la Iglesia de la Santísima Cruz, las imágenes cristianas eran ordenadas debajo una glorieta de flores artificiales: no había la jerarquía usual de las iglesias católicas sino una profusión de personajes, como actores en un escenario – cristos (uno una muñeca en una cuna pequeña) y vírgenes. En el centro había una cruz rústica, con un espesor y presencia muy fuerte, refiriendo al árbol ceiba sagrado en el centro del mundo maya. Nuestro taxista estaba muy orgulloso de su pueblo y nos mostró su terreno con un muro bajo de piedras blancas, sus colmenas, las flores que alimentan las abejas, los cenotes que aún abasten el pueblo con agua. Xocén solo está 15 minutos de distancia de Valladolid, pero hay un modo de vida distinto de lo de las plazas y calles rectas, la falta de árboles y los muros amarillos, naranjas y rosas del pueblo colonial.

3 de mayo

La playas de Tulum no pertenecen a todos, pero a los hoteles, zonas de cabañas «rusticas» y cocteles carísimos. Solo hay una calle desde el pueblo, y hay un embotellamiento permanente porque los hoteles necesitan camiones cisternas para traer el agua potable y quitar las aguas residuales. Los camiones giran torpemente en los accesos, como un hombre alto intentando caber sus piernas debajo de una mesa; otros camiones quitar el sargazo que cubre las playas allí. Hay topadoras y equipos de obreros para quitar la alga rojiza, así que los estadounidenses pueden broncearse en arena limpia. Por la calle las señales dicen, en inglés, cosas como «Follow your dream», o «You are your only limit». La cultura allí convierte unas vacaciones de lujo en una búsqueda espiritual, mantras en lemas de publicidad. Es un paraíso artificial – «naturaleza» creado con un esfuerzo extenuante – con la misma combinación fea de capitalismo y pretensiones hippie como Byron Bay en Australia.

Palenque-sendero-templo-palacio-maya-selva

11 de mayo

Quizás porque están más cercanas del pueblo actual que otras ruinas, Palenque tiene una atmosfera distinta a las otras que he visitado. Es la última parada en la ruta del colectivo, y lo compartía con locales quienes tenían otras tareas por la carretera. El chico a mi lado llenaba el minibús con el pop estadounidense en su móvil. En la entrada al parque varios guías competían para el dinero de los turistas; uno me mostró su conocimiento con un montón de nombres y fechas, en frente de un mapa del sitio, como un actor haciendo un audición. Más que otros sitios mayas, los arqueólogos modernos asociados con Palenque se han vuelto parte de su historia: el francés quien vivía en el torre encima del palacio real; el mexicano enterrado opuesto de la tumba del rey; el ruso que proponía, ignorando la iconografía maya, que el árbol sagrado gravado en el sarcófago del rey es una imagen de una nave espacial. Por bien y por mal, Palenque no está un lugar abandonado o dejado en paz, pero uno concurrido, lleno de los vendedores y intérpretes. Lo bueno es que es fácil imaginar las ruinas como una ciudad viva. Una ceiba, centro simbólico del mundo maya, crece en frente del palacio real; el sitio es lleno de detalles cotidianos, como los acueductos que traían agua a la ciudad, los baños reales que contaban con agua corriente, y la habitación del rey en el sótano del palacio, donde tenía su cama de piedra fresca. Los incendios de mayo llenaban el aire con humo, también un señal de la vida: la vida mezclada con la muerte, como esta ciudad con sus tumbas impresionantes (el pirámide del rey más grande que lo de la reina, como las casas de Diego Rivera y Frida Kahlo), y sus puestos para la llegada de enemigos vencidos y sacrificios humanos.

Cañón-Sumidero-agua-acantilados-cielo

21 de mayo

Viajar por lancha motora no es tranquilo exactamente, pero impone un cierto tipo de paz: sin sus ruidos usuales, el mundo se vuelve un objeto puro de contemplación, y el ruido invariable se vuelve el om constante de una meditación. Así era cuando aceleraba sobre los aguas verdes de río Grijalva mirando las paredes del Cañón del Sumidero, que alcanzan una altura de un kilómetro, agarrándome a mi sombrero. El piloto paraba la lancha para mostrarnos puntos de interés: la playa de los buitres, donde las aves negras se paraban en una orilla seca y rota en tejas; la Virgen en una cueva de caliza rosa; el cocodrilo medio sumergido, reluciente como un tronco. Paramos, también, para una patrulla exigiendo identificación (hay una presa al final del Cañón); seis o siete soldados en una lancha, desconcertantemente casuales con las armas colgadas de los hombros, algunos mirando sus celulares. El paisaje, tan verde cerca del agua, rápidamente se volvía matorral seco en las cuestas superiores, y los colores rojizos y la atmosfera de la vida abundante en un lugar seco me recordaban de mi país.

Juchitán-mural-niño-ladrillo

28 de mayo

Me quedé en Juchitán para romper el viaje desde San Cristóbal hacia Oaxaca de Juárez: de nuevo estaba en una ciudad con la cultura callejera de un clima caluroso – empresarios se parando afuera de sus almacenes; hombres descamisados se sentando en las veredas, familias cenando en mesas plásticas en la calle. Era obvio que los extranjeros no visitan la ciudad: mi llegada en el barrio era un evento llamativo, todo el mundo entusiasta para ayudarme, y participar en el momento. Juchitán estaba muy cerca del epicentro del terremoto en 2017, y los daños aún están muy obvios: los ladrillos de un muro derrumbado esparcidos en la escalera exterior de la casa vecina, como una salta de agua congelada; una cuadra de casas que falta una como un diente perdido, el hueco aún vestido con las tejas azules de la cocina; el mercado que ahora opera en la plaza, las copas de los árboles como los hombres altos en una muchedumbre, mirado por el roto reloj municipal. Se puede ver el trabajo de reconstrucción también, sin muchos recursos pero con mucha energía: los puntales de madera reforzando los edificios débiles; los esqueletos frescos de las estructuras nuevas; un mural de un niño con un ladrillo roto en la mano, un símbolo del desastre y el primer material para construir un futuro.

Juan-Rulfo-Llano-llamas-libro

30 de mayo

A veces pienso que los relatos cortos son mi forma favorita de la literatura: el hechizo de la narración es especialmente impresionante cuando es embrujado en un plazo tan corto. Cada ingrediente tiene su propia fuerza individual, y a veces un solo detalle clava como una cuchilla en la mente del lector; un detalle que parece expresar la vida entera de un personaje o un lugar. El autor mexicano Juan Rulfo – seguramente una influencia fuerte sobre Cormac McCarthy – tenía este don. Los personajes de su libro El llano en llamas usualmente son muy humildes, y los relatos empiezan con su observación íntima del paisaje mexicano, un ambiente a menudo hostil. Cada relato tiene detalles inolvidables: un hombre con un gallo bajo su abrigo; el becerro con los ojos bonitos perdido en un diluvio; la aguja que se vuelve una arma homicida; el hombre discapacitado con las manos atadas en la iglesia. Cuando la muerte entra a estos relatos – y usualmente entra – parece una parte del orden natural y indiferente, y también un producto de una sociedad de peones y terratenientes. Es el mejor libro que he leído este año; el relato «Talpa», sobre del amor de un hombre culpable para su hermano, me dejaba sin poder respirar.

Monte-Albán-ruinas-zapatecas-cielo-nubes

4 de junio

Encima de un cerro que permitía el elite zapoteco vigilar todos sus súbditos en los Valles Centrales, Monte Albán muestra la artificialidad de tantos ambientes urbanos. Los zapotecos cortaba la cima del cerro para crear una superficie llana para su ciudad planificada, los edificios ubicados para reproducir la disposición de las estrellas, en una enorme plaza abierta. El sitio expresaba el privilegio de los gobernantes como un diagrama, con su paisaje y su arquitectura; hasta adentro de la ciudad hay otro nivel, más alto, para las personas más elevadas. Y por 1500 años Monte Albán era un gran centro de poder, la primera gran ciudad de Mesoamérica. Pero ni los privilegiados ni la ciudad eran autosuficientes: la gente plebeya quien vivía en las cuestas y los valles abajo tenía que traer el agua y la comida para los poderosos en la cima, como el agua y la comida que viajan tan lejos por tubería y camión para abastecer nuestras ciudades actuales. Eventualmente los zapotecos perdían su influencia, y sin el poder obligar a sus súbditos a traer lo necesario para la vida cotidiana, ellos no podían seguir en su puesto elevado. ¿Cuántas ciudades nuestras van a compartir esa suerte?

San-Ángel-Carmen-cripta

19 de junio

En el sótano del Museo de El Carmen, en San Ángel, hay un cuarto lleno de momias. Están apoyadas contra las paredes en ataúdes con tapas de vidrio, como invitadas incómodas en una fiesta. La mayoría del museo, que era un convento carmelito, es ascético; de repente, en la cripta, estalla una profusión de estampados y colores. Hay tejas distintos en los pisos y paredes, pinturas de árboles y flores y una cinta dorada en el techo de color azul de medianoche. Es como entrar a un inframundo más vivo que el mundo arriba, donde los tesoros son reservados para los muertos. Cuando el gobierno confiscó el convento en el siglo diecinueve, la comunidad local usaba la cripta como un lugar para enterrar sus fallecidos; durante la Revolución, soldados asaltaron el convento, buscando botín, y descubrieron estos otros intrusos, ya muertos. Las momias, su piel y ropa aún intacta, rápidamente se volvía mascotas de San Ángel; cuando un sacerdote intentó enterrar los cadáveres en una forma más permanente, la comunidad se manifestaba. Visitarlas ahora – sin identidades individuales, a medias entre objetos y personas – es una experiencia inquietante. La muerte, y la inmortalidad extraña de una momia, no otorgan dignidad a los muertos; van de ser seres humanos a algo solamente parecidos a humanos, tan indefensas como muñecas, las bocas abiertas o las mejillas infladas en un accidente de sus momentos finales.

Jeff-Koons-estatua-Museo-Jumex

25 de junio

Ubicado en Polanco, la zona de los ricos en Ciudad de México, entre las sedes corporativas de Bayer, Nestlé y Colgate y un mall de lujo, la ubicación de los museos Jumex y Soumaya es un testimonio elocuente del estatus de arte contemporáneo como mercancía y ocio para los ricos. La exposición actual en el Museo Jumex – Marcel Duchamp y Jeff Koons – es una elección muy apropiada para el sitio y el área. En teoría, juntar Duchamp y Koons es también apropiado, pero en la práctica la vulgaridad confiada de Koons, el tamaño y los colores industriales de sus obras, abruma las bromas pequeñas de Duchamp acerca de la producción en masa y la identidad. Sus objetos divorciados de sus funciones – su perchero solitario en el piso – y sus fotos en drag parecían casi ascéticos al lado de las obras de Koons: sus vitrinas de aspiradoras; su perro de globo; la foto del artista haciendo cunnilingus. El tono travieso de Duchamp – sus obras también una broma al público burgués que contemplaba con seriedad cualquiera cosa si estuviera en el espacio sagrado de un museo – se vuelve en las obras de Koons una celebración directa de mal gusto. Y la gente de Polanco venía al museo lista para celebrar; ellos hacían fila en sus chándales caros, esperando su turno para hacer una selfie con el grande corazón metálico. Era como el entusiasmo de la gente en frente de las decoraciones navideñas en un mall, el mal gusto como liberador de la alegría.

Teotihuacán-pirámide-cielo

27 de junio

Teotihuacán, la capital de una cultura que desaparecía siglos antes de la llegada de los aztecas, está nublada por una capa doble de interpretaciones, la azteca y la europea. Teotihuacan no era su nombre, sino el nombre que los aztecas le daban; no se sabe el nombre originario, ni el nombre de sus habitantes. Las ‘pirámides’ famosos del sol y de la luna no son pirámides (como pensaban los europeos) sino templos, suyas formas imitan las montañas que encierran el valle; no eran para el sol y la luna sino para el dios y la diosa de agua. El sitio es un misterio más profundo que las otras ciudades abandonadas en México; el conocimiento actual de la cultura que la construía proviene de sus piedras y pinturas. Había zonas en la ciudad con comunidades zapotecas y mayas, y la imaginería de los murales y esculturas une elementos compartidos por las culturas mesoamericanas. El dios de la lluvia y la serpiente emplumada tienen rasgos similares lo que sea sus nombres zapotecos, mayas o aztecas; la flor con cuatro pétalos, una emblema de la ciudad, se parece los árboles sagrados de los mayas, uno en cada dirección. La similitudes ligaban mis experiencias por todo México en una constelación, un mundo compartido. Hay un mito – también compartido por culturas diversas – que los grupos humanos vivían juntos en una gran montaña, como abejas en una colmena, hasta que sus dioses los dirigían uno por uno hacia nuestro mundo, y los daban sus idiomas y tierra. Es una explicación hermosa de las similitudes y diferencias entre culturas, y pensé sobre la allí, en Teotihuacán, esa ciudad que a la vez es tan similar a otras ciudades mesoamericanas y tan misterioso y singular.